EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
CHRISTUS VIVIT
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS JÓVENES Y A TODO EL PUEBLO DE DIOS
1. Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo.
Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces,
las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son:
¡Él vive y te quiere vivo!
2. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está
el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas
avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él
estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza.
3. A todos los jóvenes cristianos les escribo con cariño esta Exhortación apostólica,
es decir, una carta que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo
tiempo alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación.
Pero puesto que es un hito dentro de un camino sinodal, me dirijo al mismo tiempo a
todo el Pueblo de Dios, a sus pastores y a sus fieles, porque la reflexión sobre los
jóvenes y para los jóvenes nos convoca y nos estimula a todos. Por consiguiente, en
algunos párrafos hablaré directamente a los jóvenes y en otros ofreceré planteamientos
más generales para el discernimiento eclesial.
4. Me he dejado inspirar por la riqueza de las reflexiones y diálogos del Sínodo del
año pasado. No podré recoger aquí todos los aportes que ustedes podrán leer en el
Documento final, pero he tratado de asumir en la redacción de esta carta las propuestas
que me parecieron más significativas. De ese modo, mi palabra estará cargada de miles
de voces de creyentes de todo el mundo que hicieron llegar sus opiniones al Sínodo. Aun
los jóvenes no creyentes, que quisieron participar con sus reflexiones, han propuesto
cuestiones que me plantearon nuevas preguntas.
Capítulo primero
¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?
5. Rescatemos algunos tesoros de las Sagradas Escrituras, donde varias veces se habla
de los jóvenes y de cómo el Señor sale a su encuentro.
En el Antiguo Testamento
6. En una época en que los jóvenes contaban poco, algunos textos muestran que Dios mira
con otros ojos. Por ejemplo, vemos que José era uno de los más pequeños de la familia
(cf. Gn 37,2-3). Sin embargo, Dios le comunicaba cosas grandes en sueños y superó a todos
sus hermanos en importantes tareas cuando tenía unos veinte años (cf. Gn 37-47).
7. En Gedeón, reconocemos la sinceridad de los jóvenes, que no acostumbran a edulcorar la
realidad. Cuando se le dijo que el Señor estaba con él, respondió: «Si Yahvé está con
nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto?» (Jc 6,13). Pero Dios no se molestó por ese
reproche y redobló la apuesta por él: «Ve con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel»
(Jc 6,14).
8. Samuel era un jovencito inseguro, pero el Señor se comunicaba con él. Gracias al consejo
de un adulto, abrió su corazón para escuchar el llamado de Dios: «Habla Señor, que tu siervo
escucha» (1 S 3,9-10). Por eso fue un gran profeta que intervino en momentos importantes de
su patria. El rey Saúl también era un joven cuando el Señor lo llamó a cumplir su misión
(cf. 1 S 9,2).
9. El rey David fue elegido siendo un muchacho. Cuando el profeta Samuel estaba buscando al
futuro rey de Israel, un hombre le presentó como candidatos a sus hijos mayores y más
experimentados. Pero el profeta dijo que el elegido era el jovencito David, que cuidaba las
ovejas (cf. 1 S 16,6-13), porque «el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón»
(v. 7). La gloria de la juventud está en el corazón más que en la fuerza física o en la
impresión que uno provoca en los demás.
10. Salomón, cuando tuvo que suceder a su padre, se sintió perdido y dijo a Dios: «Soy un
joven muchacho y no sé por dónde empezar y terminar» (1 R 3,7). Sin embargo, la audacia de
la juventud lo movió a pedir a Dios la sabiduría y se entregó a su misión. Algo semejante le
ocurrió al profeta Jeremías, llamado a despertar a su pueblo siendo muy joven. En su temor
dijo: «¡Ay Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven» (Jr 1,6). Pero el Señor
le pidió que no dijera eso (cf. Jr 1,7), y agregó: «No temas delante de ellos, porque yo
estoy contigo para librarte» (Jr 1,8). La entrega del profeta Jeremías a su misión muestra
lo que es posible si se unen la frescura de la juventud y la fuerza de Dios.
11. Una muchachita judía, que estaba al servicio del militar extranjero Naamán, intervino con
fe para ayudarlo a curarse de su enfermedad (cf. 2 R 5,2-6). La joven Rut fue un ejemplo de
generosidad al quedarse con su suegra caída en desgracia (cf. Rt 1,1-18), y también mostró su
audacia para salir adelante en la vida (cf. Rt 4,1-17).
En el Nuevo Testamento
12. Cuenta una parábola de Jesús (cf. Lc 15,11-32) que el hijo “más joven” quiso irse de la
casa paterna hacia un país lejano (cf. vv. 12-13). Pero sus sueños de autonomía se convirtieron
en libertinaje y desenfreno (cf. v. 13) y probó lo duro de la soledad y de la pobreza (cf. vv.
14-16). Sin embargo, supo recapacitar para empezar de nuevo (cf. vv. 17-19) y decidió levantarse
(cf. v. 20). Es propio del corazón joven disponerse al cambio, ser capaz de volver a levantarse
y dejarse enseñar por la vida. ¿Cómo no acompañar al hijo en ese nuevo intento? Pero el hermano
mayor ya tenía el corazón avejentado y se dejó poseer por la avidez, el egoísmo y la envidia (cf.
vv. 28-30). Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel
pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia.
13. Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios
nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita
a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10)[1]. Y cuando
explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener
«entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros
y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa que la
verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo
lo que nos separa de los demás. Por eso concluye: «Por encima de todo esto, revístanse del amor,
que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14).
14. Advirtamos que a Jesús no le caía bien que las personas adultas miraran despectivamente a los
más jóvenes o los tuvieran a su servicio de manera despótica. Al contrario, Él pedía: «que el mayor
entre ustedes sea como el más joven» (Lc 22,26). Para Él la edad no establecía privilegios, y que
alguien tuviera menos años no significaba que valiera menos o que tuviera menor dignidad.
15. La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos «como a hermanos» (1 Tm 5,1), y
recomienda a los padres: «No exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (Col 3,21). Un joven
no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a
más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor
de sí para construir algo mejor. Por eso insisto a los jóvenes que no se dejen robar la esperanza,
y a cada uno le repito: «que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4,12).
16. Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1
P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro
de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida,
las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden
ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a
respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que sepan
controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud juvenil que
desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la persona sabia es capaz
de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio se abre al futuro, pero
siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros.
17. En el Evangelio de Marcos aparece una persona que, cuando Jesús le recuerda los mandamientos, dice:
«Los he cumplido desde mi juventud» (10,20). Ya lo decía el Salmo: «Tú eres mi esperanza Señor, mi
confianza está en ti desde joven […] me instruiste desde joven y anuncié hasta hoy tus maravillas»
(71,5.17). No hay que arrepentirse de gastar la juventud siendo buenos, abriendo el corazón al Señor,
viviendo de otra manera. Nada de eso nos quita la juventud, sino que la fortalece y la renueva: «Tu
juventud se renueva como el águila» (Sal 103,5). Por eso san Agustín se lamentaba: «¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé!»[2]. Pero aquel hombre rico, que había sido fiel a
Dios en su juventud, dejó que los años le quitaran los sueños, y prefirió seguir apegado a sus bienes
(cf. Mc 10,22).
18. En cambio, en el Evangelio de Mateo aparece un joven (cf. Mt 19,20.22) que se acerca a Jesús para
pedir más (cf. v. 20), con ese espíritu abierto de los jóvenes, que busca nuevos horizontes y grandes
desafíos. En realidad su espíritu no era tan joven, porque ya se había aferrado a las riquezas y a las
comodidades. Él decía de la boca para afuera que quería algo más, pero cuando Jesús le pidió que fuera
generoso y repartiera sus bienes, se dio cuenta de que era incapaz de desprenderse de lo que tenía.
Finalmente, «al oír estas palabras el joven se retiró entristecido» (v. 22). Había renunciado a su
juventud.
19. El Evangelio también nos habla de unas jóvenes prudentes, que estaban preparadas y atentas,
mientras otras vivían distraídas y adormecidas (cf. Mt 25,1-13). Porque uno puede pasar su juventud
distraído, volando por la superficie de la vida, adormecido, incapaz de cultivar relaciones profundas
y de entrar en lo más hondo de la vida. De ese modo prepara un futuro pobre, sin substancia. O uno
puede gastar su juventud para cultivar cosas bellas y grandes, y así prepara un futuro lleno de vida
y de riqueza interior.
20. Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti
se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado
el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14).
21. Sin duda hay muchos otros textos de la Palabra de Dios que pueden iluminarnos acerca de esta etapa
de la vida. Recogeremos algunos de ellos en los próximos capítulos.
Capítulo segundo
Jesucristo siempre joven
22. Jesús es «joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al Señor»[3].
Por eso el Sínodo dijo que «la juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio
Jesús vivió, santificándola»[4]. ¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud de Jesús?
La juventud de Jesús
23. El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad
(cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que
hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y
así «brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era
improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos,
porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio»[5] y «toda la vida de Cristo es misterio de
Redención»[6].
24. El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su
adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos acontecimientos:
el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde
comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de un pequeño refugiado en Egipto
(cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Las primeras
imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en el gentío junto al río Jordán, para
hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más de su pueblo (cf. Mt 3,13-17).
25. Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue una
consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue motivo
de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22). En seguida Jesús apareció
lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para salir a
predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14). Cada joven, cuando se sienta llamado
a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas palabras que
le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado».
26. Entre estos relatos, encontramos uno que muestra a Jesús en plena adolescencia. Es cuando regresó
con sus padres a Nazaret, después que ellos lo perdieron y lo encontraron en el Templo (cf. Lc 2,41-51).
Allí dice que «les estaba sujeto» (cf. Lc 2,51), porque no renegaba de su familia. Después, Lucas agrega
que Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Es decir, estaba siendo
preparado, y en ese período iba profundizando su relación con el Padre y con los demás. San Juan Pablo II
explicaba que no crecía sólo físicamente, sino que «se dio también en Jesús un crecimiento espiritual»,
porque «la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud
creciente con el crecer de la edad»[7].
27. Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue «formando», se fue
preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su juventud lo orientaron a esa
misión suprema.
28. En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído por el
Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?»
(Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente solitario o un joven ensimismado.
Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda la vida de una familia bien integrada en el
pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo reemplazó como carpintero. Por eso, en el Evangelio una
vez se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el carpintero» (Mc 6,3).
Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Nadie
lo miraba como un joven raro o separado de los demás. Precisamente por esta razón, cuando Jesús salió a
predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22).
29. El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino
que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos»[8]. Así entendemos
por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a Jerusalén, estaban tranquilos pensando que el
jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba libremente entre la gente, aunque no lo vieran durante un día
entero: «Creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino» (Lc 2,44). Ciertamente, pensaban
que Jesús estaba allí, yendo y viniendo entre los demás, bromeando con otros de su edad, escuchando las
narraciones de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas de la caravana. El término griego
utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica precisamente esta “comunidad en camino”
de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la confianza de sus padres, Jesús se mueve libremente y
aprende a caminar con todos los demás.
Su juventud nos ilumina
30. Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y se prepara
para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la conciencia de ser uno más
de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar la misión
que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto debería ser ignorado en la pastoral juvenil, para no
crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría
selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y
los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión.
31. Jesús no los ilumina a ustedes, jóvenes, desde lejos o desde afuera, sino desde su propia juventud, que
comparte con ustedes. Es muy importante contemplar al Jesús joven que nos muestran los evangelios, porque Él
fue verdaderamente uno de ustedes, y en Él se pueden reconocer muchas notas de los corazones jóvenes. Lo vemos,
por ejemplo, en las siguientes características: «Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la
amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda
compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la
valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse
incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada
al futuro abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes
pueden reconocerse»[9].
32. Por otra parte, Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su resurrección. Él es
la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que espera con «dolores
de parto» (Rm 8,22) ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de Él podemos beber del verdadero manantial,
que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio
de la vida que vale la pena. En dos detalles curiosos del evangelio de Marcos puede advertirse el llamado a la
verdadera juventud de los resucitados. Por una parte, en la pasión del Señor aparece un joven temeroso que
intentaba seguir a Jesús pero que huyó desnudo (cf. Mc 14,51-52), un joven que no tuvo la fuerza de arriesgarlo
todo por seguir al Señor. En cambio, junto al sepulcro vacío, vemos a un joven «vestido con una túnica blanca»
(16,5) que invitaba a perder el temor y anunciaba el gozo de la resurrección (cf. 16,6-7).
33. El Señor nos llama a encender estrellas en la noche de otros jóvenes, nos invita a mirar los verdaderos astros,
esos signos tan variados que Él nos da para que no nos quedemos quietos, sino que imitemos al sembrador que miraba
las estrellas para poder arar el campo. Dios nos enciende estrellas para que sigamos caminando: «Las estrellas
brillan alegres en sus puestos de guardia, Él las llama y le responden» (Ba 3,34-35). Pero Cristo mismo es para
nosotros la gran luz de esperanza y de guía en nuestra noche, porque Él es «la estrella radiante de la mañana»
(Ap 22,16).
La juventud de la Iglesia
34. Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua como la Iglesia
pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia. En realidad, en sus momentos
más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer amor. Recordando esta verdad, el Concilio Vaticano
II expresaba que «rica en un largo pasado, siempre vivo en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo
y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo». En ella es posible
siempre encontrar a Cristo «el compañero y amigo de los jóvenes»[10].
Una Iglesia que se deja renovar
35. Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado, detenerla,
volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque cede a todo lo que el
mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza con los demás. No. Es joven cuando es
ella misma, cuando recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo
y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando es capaz de volver una y otra vez a su fuente.
36. Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que sentirnos hermanos y
cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al
mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar
la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia
vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social.
37. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no escucha la llamada
del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar falsas seguridades mundanas.
Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse,
a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y
descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la
belleza de la juventud cuando estimulan la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de
renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas»[11].
38. Quienes ya no somos jóvenes, necesitamos ocasiones para tener cerca la voz y el estímulo de ellos, y «la cercanía
crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y testimonio de fraternidad que fascine»[12]. Nos
hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes: «La escucha hace posible un intercambio de dones,
en un contexto de empatía […]. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue
verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo»[13].
Una Iglesia atenta a los signos de los tiempos
39. «Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la figura de
Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz»[14]. Por eso es necesario que la Iglesia no esté demasiado
pendiente de sí misma sino que refleje sobre todo a Jesucristo. Esto implica que reconozca con humildad que algunas
cosas concretas deben cambiar, y para ello necesita también recoger la visión y aun las críticas de los jóvenes.
40. En el Sínodo se reconoció «que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la
Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje
en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante. Esta petición con frecuencia no nace de un desprecio
acrítico e impulsivo, sino que hunde sus raíces en razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos;
la falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes; el
poco cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de la Palabra de Dios; el papel pasivo asignado a los
jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la dificultad de la Iglesia para dar razón de sus posiciones doctrinales y
éticas a la sociedad contemporánea»[15].
41. Si bien hay jóvenes que disfrutan cuando ven una Iglesia que se manifiesta humildemente segura de sus dones y
también capaz de ejercer una crítica leal y fraterna, otros jóvenes reclaman una Iglesia que escuche más, que no se
la pase condenando al mundo. No quieren ver a una Iglesia callada y tímida, pero tampoco que esté siempre en guerra por
dos o tres temas que la obsesionan. Para ser creíble ante los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y
sencillamente escuchar, reconocer en lo que dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir mejor el Evangelio. Una
Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pierde la
juventud y se convierte en un museo. ¿Cómo podrá acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga la verdad
del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión
de ese tesoro inagotable[16].
42. Por ejemplo, una Iglesia demasiado temerosa y estructurada puede ser permanentemente crítica ante todos los discursos
sobre la defensa de los derechos de las mujeres, y señalar constantemente los riesgos y los posibles errores de esos reclamos.
En cambio, una Iglesia viva puede reaccionar prestando atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres que piden más
justicia e igualdad. Puede recordar la historia y reconocer una larga trama de autoritarismo por parte de los varones, de
sometimiento, de diversas formas de esclavitud, de abuso y de violencia machista. Con esta mirada será capaz de hacer suyos
estos reclamos de derechos, y dará su aporte con convicción para una mayor reciprocidad entre varones y mujeres, aunque no
esté de acuerdo con todo lo que propongan algunos grupos feministas. En esta línea, el Sínodo quiso renovar el compromiso de
la Iglesia «contra toda clase de discriminación y violencia sexual»[17]. Esa es la reacción de una Iglesia que se mantiene
joven y que se deja cuestionar e impulsar por la sensibilidad de los jóvenes.
María, la muchacha de Nazaret
43. En el corazón de la Iglesia resplandece María. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven, que quiere seguir a Cristo
con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del ángel y no se privó de hacer preguntas (cf. Lc 1,34).
Pero tenía un alma disponible y dijo: «Aquí está la servidora del Señor» (Lc 1,38).
44. «Siempre llama la atención la fuerza del “sí” de María joven. La fuerza de ese “hágase” que le dijo al ángel. Fue una
cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada. Fue algo distinto a un “sí” como diciendo: bueno, vamos a probar a ver
qué pasa. María no conocía esa expresión: vamos a ver qué pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo “sí”, sin vueltas.
Fue algo más, fue algo distinto. Fue el “sí” de quien quiere comprometerse y el que quiere arriesgar, de quien quiere apostarlo
todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa. Y yo pregunto a cada uno de ustedes. ¿Se
sienten portadores de una promesa? ¿Qué promesa tengo en el corazón para llevar adelante? María tendría, sin dudas, una misión
difícil, pero las dificultades no eran una razón para decir “no”. Seguro que tendría complicaciones, pero no serían las mismas
complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza por no tener todo claro o asegurado de antemano. ¡María no compró
un seguro de vida! ¡María se la jugó y por eso es fuerte, por eso es una influencer, es la influencer de Dios! El “sí” y las ganas
de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades»[18].
45. Sin ceder a evasiones ni espejismos, «ella supo acompañar el dolor de su Hijo […] sostenerlo en la mirada,
cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y
acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza […]. De ella aprendemos a decir “sí” en la
testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar»[19].
46. María era la chica de alma grande que se estremecía de alegría (cf. Lc 1,47), era la jovencita con los ojos
iluminados por el Espíritu Santo que contemplaba la vida con fe y guardaba todo en su corazón de muchacha (cf.
Lc 2,19.51). Era la inquieta, la que se pone continuamente en camino, que cuando supo que su prima la necesitaba
no pensó en sus propios proyectos, sino que salió hacia la montaña «sin demora» (Lc 1,39).
47. Y si hacía falta proteger a su niño, allá iba con José a un país lejano (cf. Mt 2,13-14). Por eso permaneció
junto a los discípulos reunidos en oración esperando al Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Así, con su presencia,
nació una Iglesia joven, con sus Apóstoles en salida para hacer nacer un mundo nuevo (cf. Hch 2,4-11).
48. Aquella muchacha hoy es la Madre que vela por los hijos, estos hijos que caminamos por la vida muchas veces
cansados, necesitados, pero queriendo que la luz de la esperanza no se apague. Eso es lo que queremos: que la luz
de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a este pueblo peregrino, pueblo de jóvenes querido por ella, que
la busca haciendo silencio en el corazón aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones.
Pero ante los ojos de la Madre sólo cabe el silencio esperanzado. Y así María ilumina de nuevo nuestra juventud.
Jóvenes santos
49. El corazón de la Iglesia también está lleno de jóvenes santos, que entregaron su vida por Cristo,
muchos de ellos hasta el martirio. Ellos fueron preciosos reflejos de Cristo joven que brillan para
estimularnos y para sacarnos de la modorra. El Sínodo destacó que «muchos jóvenes santos han hecho
brillar los rasgos de la edad juvenil en toda su belleza y en su época fueron verdaderos profetas de
cambio; su ejemplo muestra de qué son capaces los jóvenes cuando se abren al encuentro con Cristo»[20].
50. «A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor apostólico.
El bálsamo de la santidad generada por la vida buena de tantos jóvenes puede curar las heridas de la Iglesia y
del mundo, devolviéndonos a aquella plenitud del amor al que desde siempre hemos sido llamados: los jóvenes
santos nos animan a volver a nuestro amor primero (cf. Ap 2,4)»[21]. Hay santos que no conocieron la vida adulta,
y nos dejaron el testimonio de otra forma de vivir la juventud. Recordemos al menos a algunos de ellos, de
distintos momentos de la historia, que vivieron la santidad cada uno a su modo.
51. En el siglo III, san Sebastián era un joven capitán de la guardia pretoriana. Cuentan que hablaba de Cristo
por todas partes y trataba de convertir a sus compañeros, hasta que le ordenaron renunciar a su fe. Como no aceptó,
lanzaron sobre él una lluvia de flechas, pero sobrevivió y siguió anunciando a Cristo sin miedo. Finalmente lo
azotaron hasta matarlo.
52. San Francisco de Asís, siendo muy joven y lleno de sueños, escuchó el llamado de Jesús a ser pobre como Él y a
restaurar la Iglesia con su testimonio. Renunció a todo con alegría y es el santo de la fraternidad universal, el
hermano de todos, que alababa al Señor por sus creaturas. Murió en 1226.
53. Santa Juana de Arco nació en 1412. Era una joven campesina que, a pesar de su corta edad, luchó para defender
a Francia de los invasores. Incomprendida por su aspecto y por su forma de vivir la fe, murió en la hoguera.
54. El beato Andrés Phû Yên era un joven vietnamita del siglo XVII. Era catequista y ayudaba a los misioneros.
Fue hecho prisionero por su fe, y debido a que no quiso renunciar a ella fue asesinado. Murió diciendo: “Jesús”.
55. En ese mismo siglo, santa Catalina Tekakwitha, una joven laica nativa de América del Norte, sufrió una
persecución por su fe y huyó caminando más de 300 kilómetros a través de bosques espesos. Se consagró a Dios
y murió diciendo: “¡Jesús, te amo!”.
56. Santo Domingo Savio le ofrecía a María todos sus sufrimientos. Cuando san Juan Bosco le enseñó que la santidad
supone estar siempre alegres, abrió su corazón a una alegría contagiosa. Procuraba estar cerca de sus compañeros
más marginados y enfermos. Murió en 1857 a los catorce años, diciendo: “¡Qué maravilla estoy viendo!”.
57. Santa Teresa del Niño Jesús nació en 1873. A los 15 años, atravesando muchas dificultades, logró ingresar a un
convento carmelita. Vivió el caminito de la confianza total en el amor del Señor y se propuso alimentar con su
oración el fuego del amor que mueve a la Iglesia.
58. El beato Ceferino Namuncurá era un joven argentino, hijo de un destacado cacique de los pueblos originarios.
Llegó a ser seminarista salesiano, lleno de deseos de volver a su tribu para llevar a Jesucristo. Murió en 1905.
59. El beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo que daba testimonio de su fe. Fue torturado durante largo tiempo
por haber propuesto el cristianismo a otros jóvenes. Murió perdonando a su verdugo en 1909.
60. El beato Pier Giorgio Frassati, que murió en 1925, «era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que
superaba también tantas dificultades de su vida»[22]. Decía que él intentaba retribuir el amor de Jesús que recibía
en la comunión, visitando y ayudando a los pobres.
61. El beato Marcel Callo era un joven francés que murió en 1945. En Austria fue encerrado en un campo de
concentración donde confortaba en la fe a sus compañeros de cautiverio, en medio de duros trabajos.
62. La joven beata Chiara Badano, que murió en 1990, «experimentó cómo el dolor puede ser transfigurado por el amor
[…]. La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la aceptación de la enfermedad como misteriosa
expresión de su voluntad para su bien y el de los demás»[23].
63. Que ellos y también muchos jóvenes que quizás desde el silencio y el anonimato vivieron a fondo el Evangelio,
intercedan por la Iglesia, para que esté llena de jóvenes alegres, valientes y entregados que regalen al mundo nuevos
testimonios de santidad.
Capítulo tercero
Ustedes son el ahora de Dios
64. Después de recorrer la Palabra de Dios, no podemos decir sólo que los jóvenes son el futuro del mundo.
Son el presente, lo están enriqueciendo con su aporte. Un joven ya no es un niño, está en un momento de la
vida en que comienza a tomar distintas responsabilidades, participando con los adultos en el desarrollo de
la familia, de la sociedad, de la Iglesia. Pero los tiempos cambian, y resuena la pregunta: ¿cómo son los
jóvenes hoy, qué les pasa ahora?
En positivo
65. El Sínodo reconoció que los fieles de la Iglesia no siempre tienen la actitud de Jesús. En lugar de
disponernos a escucharlos a fondo, «a veces predomina la tendencia a dar respuestas preconfeccionadas y
recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su novedad y sin aceptar
su provocación»[24]. En cambio, cuando la Iglesia abandona esquemas rígidos y se abre a la escucha
disponible y atenta de los jóvenes, esta empatía la enriquece, porque «permite que los jóvenes den su
aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y a plantearse preguntas inéditas»[25].
66. Hoy los adultos corremos el riesgo de hacer un listado de calamidades, de defectos de la juventud actual.
Algunos podrán aplaudirnos porque parecemos expertos en encontrar puntos negativos y peligros. ¿Pero cuál
sería el resultado de esa actitud? Más y más distancia, menos cercanía, menos ayuda mutua.
67. La clarividencia de quien ha sido llamado a ser padre, pastor o guía de los jóvenes consiste en encontrar
la pequeña llama que continúa ardiendo, la caña que parece quebrarse (cf. Is 42,3), pero que sin embargo
todavía no se rompe. Es la capacidad de encontrar caminos donde otros ven sólo murallas, es la habilidad de
reconocer posibilidades donde otros ven solamente peligros. Así es la mirada de Dios Padre, capaz de valorar
y alimentar las semillas de bien sembradas en los corazones de los jóvenes. El corazón de cada joven debe por
tanto ser considerado “tierra sagrada”, portador de semillas de vida divina, ante quien debemos “descalzarnos”
para poder acercarnos y profundizar en el Misterio.
Muchas juventudes
68. Podríamos intentar describir las características de los jóvenes de hoy, pero ante todo quiero recoger una
advertencia de los Padres sinodales: «La composición del Sínodo ha hecho visible la presencia y la aportación
de las diversas regiones del mundo, y ha puesto de relieve la belleza de ser Iglesia universal. Aun en un
contexto de globalización creciente, los Padres sinodales han pedido que se destacaran las numerosas diferencias
entre contextos y culturas, incluso dentro de un mismo país. Existe una pluralidad de mundos juveniles, tanto es
así que en algunos países se tiende a utilizar el término “juventud” en plural. Además, la franja de edad
considerada por este Sínodo (16-29 años) no representa un conjunto homogéneo, sino que está compuesta por grupos
que viven situaciones peculiares»[26].
69. Ya desde el punto de vista demográfico, en algunos países hay muchos jóvenes, mientras otros tienen una tasa
de natalidad muy baja. Pero «otra diferencia deriva de la historia, que distingue a los países y continentes de
antigua tradición cristiana, cuya cultura es portadora de una memoria que no hay que perder, respecto de los
países y continentes marcados en cambio por otras tradiciones religiosas y en los que el cristianismo es una
presencia minoritaria y a veces reciente. En otros territorios, además, las comunidades cristianas y los jóvenes
que forman parte de ellas son objeto de persecución»[27]. También hay que distinguir los jóvenes «a quienes la
globalización ofrece un mayor número de oportunidades, de aquellos que viven al margen de la sociedad o en el
mundo rural y sufren los efectos de formas de exclusión y descarte»[28].
70. Hay muchas diferencias más, que sería complejo detallar aquí. Por lo tanto, no creo conveniente detenerme a
ofrecer un análisis exhaustivo sobre los jóvenes en el mundo actual, sobre cómo viven y qué les pasa. Pero como
tampoco puedo dejar de mirar la realidad, recogeré brevemente algunos aportes que llegaron antes del Sínodo y
otros que pude recoger durante el mismo.
Algunas cosas que les pasan a los jóvenes
71. La juventud no es algo que se pueda analizar en abstracto. En realidad, “la juventud” no existe, existen los
jóvenes con sus vidas concretas. En el mundo actual, lleno de progresos, muchas de esas vidas están expuestas al
sufrimiento y a la manipulación.
Jóvenes de un mundo en crisis
72. Los padres sinodales evidenciaron con dolor que «muchos jóvenes viven en contextos de guerra y padecen la
violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos,
esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un
lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes
que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas
y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así
como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una
especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales»[29].
73. Muchos jóvenes son ideologizados, utilizados y aprovechados como carne de cañón o como fuerza de choque para destruir,
amedrentar o ridiculizar a otros. Y lo peor es que muchos son convertidos en seres individualistas, enemigos y desconfiados
de todos, que así se vuelven presa fácil de ofertas deshumanizantes y de los planes destructivos que elaboran grupos políticos
o poderes económicos.
74. Todavía son «más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social por razones
religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la
plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.)
y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos»[30]. Cuando además
son mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles.
75. No seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos acostumbremos, porque quien no
sabe llorar no es madre. Nosotros queremos llorar para que la sociedad también sea más madre, para que en vez de matar aprenda
a parir, para que sea promesa de vida. Lloramos cuando recordamos a los jóvenes que ya han muerto por la miseria y la violencia,
y le pedimos a la sociedad que aprenda a ser madre solidaria. Ese dolor no se va, camina con nosotros, porque la realidad no se
puede esconder. Lo peor que podemos hacer es aplicar la receta del espíritu mundano que consiste en anestesiar a los jóvenes con
otras noticias, con otras distracciones, con banalidades.
76. Quizás «aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar.
Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los
invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo
un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño
abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es
el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más?»[31]. Intenta
aprender a llorar por los jóvenes que están peor que tú. La misericordia y la compasión
también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar
lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de
hacer algo de corazón por los demás.
77. A veces el dolor de algunos jóvenes es muy lacerante; es un dolor que no se puede
expresar con palabras; es un dolor que nos abofetea. Esos jóvenes sólo pueden decirle
a Dios que sufren mucho, que les cuesta demasiado seguir adelante, que ya no creen en
nadie. Pero en ese lamento desgarrador se hacen presentes las palabras de Jesús:
«Felices los afligidos, porque serán consolados» (Mt 5,4). Hay jóvenes que pudieron
abrirse camino en la vida porque les llegó esa promesa divina. Ojalá siempre haya cerca
de un joven sufriente una comunidad cristiana que pueda hacer resonar esas palabras con
gestos, abrazos y ayudas concretas.
78. Es verdad que los poderosos prestan algunas ayudas, pero frecuentemente a un alto costo.
En muchos países pobres las ayudas económicas de algunos países más ricos o de algunos
organismos internacionales suelen estar vinculadas a la aceptación de propuestas occidentales
con respecto a la sexualidad, al matrimonio, a la vida o a la justicia social. Esta colonización
ideológica daña en especial a los jóvenes. Al mismo tiempo, vemos cómo cierta publicidad enseña
a las personas a estar siempre insatisfechas y contribuye a la cultura del descarte, donde los
mismos jóvenes terminan convertidos en material descartable.
79. La cultura actual presenta un modelo de persona muy asociado a la imagen de lo joven.
Se siente bello quien aparenta juventud, quien realiza tratamientos para hacer desaparecer
las huellas del tiempo. Los cuerpos jóvenes son constantemente usados en la publicidad,
para vender. El modelo de belleza es un modelo juvenil, pero estemos atentos, porque esto
no es un elogio para los jóvenes. Sólo significa que los adultos quieren robar la juventud
para ellos, no que respeten, amen y cuiden a los jóvenes.
80. Algunos jóvenes «sienten las tradiciones familiares como oprimentes y huyen de ellas
impulsados por una cultura globalizada que a veces los deja sin puntos de referencia. En
otras partes del mundo, en cambio, entre jóvenes y adultos no se da un verdadero conflicto
generacional, sino una extrañeza mutua. A veces los adultos no tratan de transmitir los
valores fundamentales de la existencia o no lo logran, o bien asumen estilos juveniles,
invirtiendo la relación entre generaciones. De este modo, se corre el riesgo de que la
relación entre jóvenes y adultos permanezca en el plano afectivo, sin tocar la dimensión
educativa y cultural»[32]. ¡Cuánto daño hace esto a los jóvenes, aunque algunos no lo
adviertan! Los mismos jóvenes nos han hecho notar que esto dificulta enormemente la
transmisión de la fe «en algunos países donde no hay libertad de expresión, y donde se les
impide participar en la Iglesia»[33].
Deseos, heridas y búsquedas
81. Los jóvenes reconocen que el cuerpo y la sexualidad tienen una importancia esencial
para su vida y en el camino de crecimiento de su identidad. Sin embargo, en un mundo que
enfatiza excesivamente la sexualidad, es difícil mantener una buena relación con el propio
cuerpo y vivir serenamente las relaciones afectivas. Por esta y por otras razones, la moral
sexual suele ser muchas veces «causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya
que se percibe como un espacio de juicio y de condena». Al mismo tiempo, los jóvenes expresan
«un explícito deseo de confrontarse sobre las cuestiones relativas a la diferencia entre
identidad masculina y femenina, a la reciprocidad entre hombres y mujeres, y a la
homosexualidad»[34].
82. En nuestro tiempo «los avances de las ciencias y de las tecnologías biomédicas inciden
sobre la percepción del cuerpo, induciendo a la idea de que se puede modificar sin límite.
La capacidad de intervenir sobre el ADN, la posibilidad de insertar elementos artificiales
en el organismo (cyborg) y el desarrollo de las neurociencias constituyen un gran recurso,
pero al mismo tiempo plantean interrogantes antropológicos y éticos»[35]. Pueden llevarnos
a olvidar que la vida es un don, y que somos seres creados y limitados, que fácilmente
podemos ser instrumentalizados por quienes tienen el poder tecnológico[36]. «Además en
algunos contextos juveniles se difunde un cierto atractivo por comportamientos de riesgo
como instrumento para explorarse a sí mismos, buscando emociones fuertes y obtener un
reconocimiento. […] Estos fenómenos, a los que están expuestas las nuevas generaciones,
constituyen un obstáculo para una maduración serena»[37].
83. En los jóvenes también están los golpes, los fracasos, los recuerdos tristes clavados
en el alma. Muchas veces «son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los
deseos frustrados, de las discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido
amados o reconocidos». Además «están las heridas morales, el peso de los propios errores,
los sentimientos de culpa por haberse equivocado»[38]. Jesús se hace presente en esas cruces
de los jóvenes, para ofrecerles su amistad, su alivio, su compañía sanadora, y la Iglesia
quiere ser su instrumento en este camino hacia la restauración interior y la paz del corazón.
84. En algunos jóvenes reconocemos un deseo de Dios, aunque no tenga todos los contornos del
Dios revelado. En otros podremos vislumbrar un sueño de fraternidad, que no es poco. En muchos
habrá un deseo real de desarrollar las capacidades que hay en ellos para aportarle algo al mundo.
En algunos vemos una sensibilidad artística especial, o una búsqueda de armonía con la naturaleza.
En otros habrá quizás una gran necesidad de comunicación. En muchos de ellos encontraremos un
profundo deseo de una vida diferente. Se trata de verdaderos puntos de partida, fibras interiores
que esperan con apertura una palabra de estímulo, de luz y de aliento.
85. El Sínodo ha tratado especialmente tres temas de suma importancia, cuyas conclusiones quiero
acoger textualmente, aunque todavía nos requerirán avanzar en un mayor análisis y desarrollar una
más adecuada y eficaz capacidad de respuesta.
El ambiente digital
86. «El ambiente digital caracteriza el mundo contemporáneo. Amplias franjas de la humanidad están
inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de
comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo
la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de
comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse
a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo
de aprender y en el desarrollo del sentido crítico»[39].
87. La web y las redes sociales han creado una nueva manera de comunicarse y de vincularse, y «son
una plaza en la que los jóvenes pasan mucho tiempo y se encuentran fácilmente, aunque el acceso no
es igual para todos, en particular en algunas regiones del mundo. En cualquier caso, constituyen
una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso
a la información y al conocimiento. Por otro lado, el entorno digital es un contexto de participación
sociopolítica y de ciudadanía activa, y puede facilitar la circulación de información independiente
capaz de tutelar eficazmente a las personas más vulnerables poniendo de manifiesto las violaciones de
sus derechos. En numerosos países, web y redes sociales representan un lugar irrenunciable para llegar
a los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales»[40].
88. Pero para comprender este fenómeno en su totalidad hay que reconocer que, como toda realidad humana,
está atravesado por límites y carencias. No es sano confundir la comunicación con el mero contacto virtual.
De hecho, «el ambiente digital también es un territorio de soledad, manipulación, explotación y violencia,
hasta llegar al caso extremo del dark web. Los medios de comunicación digitales pueden exponer al riesgo de
dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el
desarrollo de relaciones interpersonales auténticas. Nuevas formas de violencia se difunden mediante los
social media, por ejemplo el ciberacoso; la web también es un canal de difusión de la pornografía y de
explotación de las personas para fines sexuales o mediante el juego de azar»[41].
89. No se debería olvidar que «en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos,
capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación
de las conciencias y del proceso democrático. El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba
por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación
entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas,
fomentando prejuicios y odios. La proliferación de las fake news es expresión de una cultura que ha perdido
el sentido de la verdad y somete los hechos a intereses particulares. La reputación de las personas está en
peligro mediante juicios sumarios en línea. El fenómeno afecta también a la Iglesia y a sus pastores»[42].
90. En un documento que prepararon 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo, ellos indicaron que
«las relaciones online pueden volverse inhumanas. Los espacios digitales nos ciegan a la vulnerabilidad
del otro y obstaculizan la reflexión personal. Problemas como la pornografía distorsionan la percepción
que el joven tiene de la sexualidad humana. La tecnología usada de esta forma, crea una realidad paralela
ilusoria que ignora la dignidad humana»[43]. La inmersión en el mundo virtual ha propiciado una especie de
“migración digital”, es decir, un distanciamiento de la familia, de los valores culturales y religiosos,
que lleva a muchas personas a un mundo de soledad y de autoinvención, hasta experimentar así una falta de
raíces aunque permanezcan físicamente en el mismo lugar. La vida nueva y desbordante de los jóvenes, que
empuja y busca autoafirmar la propia personalidad, se enfrenta hoy a un desafío nuevo: interactuar con un
mundo real y virtual en el que se adentran solos como en un continente global desconocido. Los jóvenes de
hoy son los primeros en hacer esta síntesis entre lo personal, lo propio de cada cultura, y lo global.
Pero esto requiere que logren pasar del contacto virtual a una buena y sana comunicación.
Los migrantes como paradigma de nuestro tiempo
91. ¿Cómo no recordar a tantos jóvenes afectados por las migraciones? Los fenómenos migratorios
«no representan una emergencia transitoria, sino que son estructurales. Las migraciones pueden
tener lugar dentro del mismo país o bien entre países distintos. La preocupación de la Iglesia
atañe en particular a aquellos que huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política
o religiosa, de los desastres naturales –debidos entre otras cosas a los cambios climáticos– y de
la pobreza extrema: muchos de ellos son jóvenes. En general, buscan oportunidades para ellos y para
sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad»[44].
Los migrantes «nos recuerdan la condición originaria de la fe, o sea la de ser “forasteros y peregrinos
en la tierra” (Hb 11,13)»[45].
92. Otros migrantes son «atraídos por la cultura occidental, a veces con expectativas poco realistas
que los exponen a grandes desilusiones. Traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los cárteles
de la droga y de las armas, explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo de su
viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la trata de personas, el abuso psicológico y
físico, y sufrimientos indescriptibles. Cabe señalar la especial vulnerabilidad de los inmigrantes
menores no acompañados, y la situación de quienes se ven obligados a pasar muchos años en los campos de
refugiados o que permanecen bloqueados durante largo tiempo en los países de tránsito, sin poder continuar
sus estudios ni desarrollar sus talentos. En algunos países de llegada, los fenómenos migratorios suscitan
alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba,
de gente cerrada y replegada sobre sí misma, ante la que hay que reaccionar con decisión»[46].
93. «Los jóvenes que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven un
desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los
elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos,
dejando a los hijos en el país de origen. La Iglesia tiene un papel importante como referencia para los jóvenes
de estas familias rotas. Sin embargo, las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre
personas y entre culturas: para las comunidades y las sociedades a las que llegan son una oportunidad de
enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos. Las iniciativas de acogida que hacen referencia a la
Iglesia tienen un rol importante desde este punto de vista, y pueden revitalizar a las comunidades capaces de
realizarlas»[47].
94. «Gracias a la diversa proveniencia de los Padres [sinodales], respecto al tema de los migrantes el Sínodo
ha vivido el encuentro de muchas perspectivas, en particular entre países de origen y países de llegada. Además,
ha resonado el grito de alarma de aquellas Iglesias cuyos miembros se ven obligados a escapar de la guerra y de
la persecución, y que ven en estas migraciones forzadas una amenaza para su propia existencia. Precisamente el
hecho de incluir en su seno todas estas perspectivas pone a la Iglesia en condiciones de desempeñar en medio de
la sociedad un papel profético sobre el tema de las migraciones»[48]. Pido especialmente a los jóvenes que no
caigan en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como
seres peligrosos y como si no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano.
Poner fin a todo tipo de abusos
95. En los últimos tiempos se nos ha reclamado con fuerza que escuchemos el grito de las víctimas de los distintos
tipos de abuso que han llevado a cabo algunos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Estos pecados provocan en
sus víctimas «sufrimientos que pueden llegar a durar toda la vida y a los que ningún arrepentimiento puede poner
remedio. Este fenómeno está muy difundido en la sociedad y afecta también a la Iglesia y representa un serio
obstáculo para su misión»[49].
96. Es verdad que «la plaga de los abusos sexuales a menores es por desgracia un fenómeno históricamente difuso
en todas las culturas y sociedades», especialmente en el seno de las propias familias y en diversas instituciones,
cuya extensión se evidenció sobre todo «gracias a un cambio de sensibilidad de la opinión pública». Pero «la
universalidad de esta plaga, a la vez que confirma su gravedad en nuestras sociedades, no disminuye su monstruosidad
dentro de la Iglesia» y «en la justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de la ira de Dios, traicionado
y abofeteado»[50].
97. «El Sínodo renueva su firme compromiso en la adopción de medidas rigurosas de prevención que impidan que se repitan,
a partir de la selección y de la formación de aquellos a quienes se encomendarán tareas de responsabilidad y educativas»[51].
Al mismo tiempo, ya no hay que abandonar la decisión de aplicar las «acciones y sanciones tan necesarias»[52]. Y todo esto
con la gracia de Cristo. No hay vuelta atrás.
98. «Existen diversos tipos de abuso: de poder, económico, de conciencia, sexual. Es evidente la necesidad de desarraigar
las formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan y de contrarrestar la falta de responsabilidad y transparencia
con la que se gestionan muchos de los casos. El deseo de dominio, la falta de diálogo y de transparencia, las formas de doble
vida, el vacío espiritual, así como las fragilidades psicológicas son el terreno en el que prospera la corrupción»[53]. El
clericalismo es una permanente tentación de los sacerdotes, que interpretan «el ministerio recibido como un poder que hay que
ejercer más que como un servicio gratuito y generoso que ofrecer; y esto nos lleva a creer que pertenecemos a un grupo que
tiene todas las respuestas y no necesita ya escuchar ni aprender nada»[54]. Sin dudas un espíritu clericalista expone a las
personas consagradas a perder el respeto por el valor sagrado e inalienable de cada persona y de su libertad.
99. Junto con los Padres sinodales, quiero expresar con cariño y reconocimiento mi «gratitud hacia quienes han tenido la
valentía de denunciar el mal sufrido: ayudan a la Iglesia a tomar conciencia de lo sucedido y de la necesidad de reaccionar
con decisión»[55]. Pero también merece un especial reconocimiento «el empeño sincero de innumerables laicos, sacerdotes,
consagrados y obispos que cada día se entregan con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un gran
bosque que crece sin hacer ruido. También muchos de los jóvenes presentes en el Sínodo han manifestado gratitud por aquellos
que los acompañaron y han resaltado la gran necesidad de figuras de referencia»[56].
100. Gracias a Dios los sacerdotes que cayeron en estos horribles crímenes no son la mayoría, que sostiene un ministerio fiel
y generoso. A los jóvenes les pido que se dejen estimular por esta mayoría. En todo caso, cuando vean un sacerdote en riesgo,
porque ha perdido el gozo de su ministerio, porque busca compensaciones afectivas o está equivocando el rumbo, atrévanse a
recordarle su compromiso con Dios y con su pueblo, anúncienle ustedes el Evangelio y aliéntenlo a mantenerse en la buena senda.
Así ustedes prestarán una invalorable ayuda en algo fundamental: la prevención que permita evitar que se repitan estas
atrocidades. Esta nube negra se convierte también en un desafío para los jóvenes que aman a Jesucristo y a su Iglesia, porque
pueden aportar mucho en esta herida si ponen en juego su capacidad de renovar, de reclamar, de exigir coherencia y testimonio,
de volver a soñar y de reinventar.
101. No es este el único pecado de los miembros de la Iglesia, cuya historia tiene muchas sombras. Nuestros pecados están a la
vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde
hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres»[57]. Y camina como es,
sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular,
ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de
mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando
está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo.
102. En medio de este drama que justamente nos duele en el alma, «Jesús Nuestro Señor, que nunca abandona a su Iglesia, le da la
fuerza y los instrumentos para un nuevo camino»[58]. Así, este momento oscuro, «con la valiosa ayuda de los jóvenes, puede ser
realmente una oportunidad para una reforma de carácter histórico»[59], para abrirse a un nuevo Pentecostés y empezar una etapa de
purificación y de cambio que otorgue a la Iglesia una renovada juventud. Pero los jóvenes podrán ayudar mucho más si se sienten de
corazón parte del «santo y paciente Pueblo fiel de Dios, sostenido y vivificado por el Espíritu Santo», porque «será justamente
este santo Pueblo de Dios el que nos libre de la plaga del clericalismo, que es el terreno fértil para todas estas abominaciones»[60].
Hay salida
103. En este capítulo me detuve a mirar la realidad de los jóvenes en el mundo actual.
Algunos otros aspectos aparecerán en los siguientes capítulos. Como ya dije, no pretendo
ser exhaustivo con este análisis. Exhorto a las comunidades a realizar con respeto y con
seriedad un examen de su propia realidad juvenil más cercana, para poder discernir los
caminos pastorales más adecuados. Pero no quiero terminar este capítulo sin dirigir
algunas palabras a cada uno.
104. Te recuerdo la buena noticia que nos regaló la mañana de la Resurrección:
que en todas las situaciones oscuras o dolorosas que mencionamos hay salida.
Por ejemplo, es verdad que el mundo digital puede ponerte ante el riesgo del
ensimismamiento, del aislamiento o del placer vacío. Pero no olvides que hay
jóvenes que también en estos ámbitos son creativos y a veces geniales. Es lo q
ue hacía el joven venerable Carlos Acutis.
105. Él sabía muy bien que esos mecanismos de la comunicación, de la publicidad
y de las redes sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos,
dependientes del consumo y de las novedades que podemos comprar, obsesionados
por el tiempo libre, encerrados en la negatividad. Pero él fue capaz de usar
las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio, para comunicar
valores y belleza.
106. No cayó en la trampa. Veía que muchos jóvenes, aunque parecen distintos,
en realidad terminan siendo más de lo mismo, corriendo detrás de lo que les
imponen los poderosos a través de los mecanismos de consumo y atontamiento.
De ese modo, no dejan brotar los dones que el Señor les ha dado, no le ofrecen
a este mundo esas capacidades tan personales y únicas que Dios ha sembrado en
cada uno. Así, decía Carlos, ocurre que “todos nacen como originales, pero
muchos mueren como fotocopias”. No permitas que eso te ocurra.
107. No dejes que te roben la esperanza y la alegría, que te narcoticen para
utilizarte como esclavo de sus intereses. Atrévete a ser más, porque tu ser
importa más que cualquier cosa. No te sirve tener o aparecer. Puedes llegar
a ser lo que Dios, tu Creador, sabe que eres, si reconoces que estás llamado
a mucho. Invoca al Espíritu Santo y camina con confianza hacia la gran meta:
la santidad. Así no serás una fotocopia. Serás plenamente tú mismo.
108. Para eso necesitas reconocer algo fundamental: ser joven no es sólo la
búsqueda de placeres pasajeros y de éxitos superficiales. Para que la juventud
cumpla la finalidad que tiene en el recorrido de tu vida, debe ser un tiempo
de entrega generosa, de ofrenda sincera, de sacrificios que duelen pero que nos
vuelven fecundos. Es como decía un gran poeta:
«Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,
Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprobad
o
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado»[61].
109. Si eres joven en edad, pero te sientes débil, cansado o desilusionado,
pídele a Jesús que te renueve. Con Él no falta la esperanza. Lo mismo puedes
hacer si te sientes sumergido en los vicios, las malas costumbres, el egoísmo
o la comodidad enfermiza. Jesús, lleno de vida, quiere ayudarte para que ser
joven valga la pena. Así no privarás al mundo de ese aporte que sólo tú puedes
hacerle, siendo único e irrepetible como eres.
110. Pero quiero recordarte también que «es muy difícil luchar contra la propia
concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo
egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos
demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior,
y sucumbimos»[62]. Esto vale especialmente para los jóvenes, porque ustedes unidos
tienen una fuerza admirable. Cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son
capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad. En cambio, el
aislamiento los debilita y los expone a los peores males de nuestro tiempo.
Capítulo cuarto
El gran anuncio para todos los jóvenes
111. Más allá de cualquier circunstancia, a todos los jóvenes quiero anunciarles ahora
lo más importante, lo primero, eso que nunca se debería callar. Es un anuncio que
incluye tres grandes verdades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez.
Un Dios que es amor
112. Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo
escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá
de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado.
113. Quizás la experiencia de paternidad que has tenido no sea la mejor, tu padre de
la tierra quizás fue lejano y ausente o, por el contrario, dominante y absorbente.
O sencillamente no fue el padre que necesitabas. No lo sé. Pero lo que puedo decirte
con seguridad es que puedes arrojarte seguro en los brazos de tu Padre divino, de ese
Dios que te dio la vida y que te la da a cada momento. Él te sostendrá con firmeza, y
al mismo tiempo sentirás que Él respeta hasta el fondo tu libertad.
114. En su Palabra encontramos muchas expresiones de su amor. Es como si Él hubiera
buscado distintas maneras de manifestarlo para ver si con alguna de esas palabras
podía llegar a tu corazón. Por ejemplo, a veces se presenta como esos padres afectuosos
que juegan con sus niños: «Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para
ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11,4).
A veces se presenta cargado del amor de esas madres que quieren sinceramente a sus hijos,
con un amor entrañable que es incapaz de olvidar o de abandonar: «¿Acaso olvida una mujer
a su niño de pecho, sin enternecerse con el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se
olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15).
Hasta se muestra como un enamorado que llega a tatuarse a la persona amada en la palma de
su mano para poder tener su rostro siempre cerca: «Míralo, te llevo tatuado en la palma
de mis manos» (Is 49,16).
Otras veces destaca la fuerza y la firmeza de su amor, que no se deja vencer: «Los montes
se correrán y las colinas se moverán, pero mi amor no se apartará de tu lado, mi alianza
de paz no vacilará»(Is 54,10).
O nos dice que hemos sido esperados desde siempre, porque no aparecimos en este mundo por
casualidad. Desde antes que existiéramos éramos un proyecto de su amor: «Yo te amé con un
amor eterno; por eso he guardado fidelidad para ti» (Jr 31,3).
O nos hace notar que Él sabe ver nuestra belleza, esa que nadie más puede reconocer: «Eres
precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo» (Is 43,4).
O nos lleva a descubrir que su amor no es triste, sino pura alegría que se renueva cuando
nos dejamos amar por Él: «Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de
alegría por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So 3,17).
115. Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra
de sus manos. Por eso te presta atención y te recuerda con cariño. Tienes que confiar en el
«recuerdo de Dios: su memoria no es un “disco duro” que registra y almacena todos nuestros
datos, su memoria es un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente
cualquier vestigio del mal»[63]. No quiere llevar la cuenta de tus errores y, en todo caso, te
ayudará a aprender algo también de tus caídas. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en
silencio dejándote amar por Él. Intenta acallar todas las voces y gritos interiores y quédate
un instante en sus brazos de amor.
116. Es un amor «que no aplasta, es un amor que no margina, que no se calla, un amor que no
humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso,
amor de libertad y para la libertad, amor que cura y que levanta. Es el amor del Señor que
sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva
oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado»[64].
117. Cuando te pide algo o cuando sencillamente permite esos desafíos que te presenta la vida,
espera que le des un espacio para poder sacarte adelante, para promoverte, para madurarte. No
le molesta que le expreses tus cuestionamientos, lo que le preocupa es que no le hables, que
no te abras con sinceridad al diálogo con Él. Cuenta la Biblia que Jacob tuvo una pelea con Dios
(cf. Gn 32,25-31), y eso no lo apartó del camino del Señor. En realidad, es Él mismo quien nos
exhorta: «Vengan y discutamos» (Is 1,18). Su amor es tan real, tan verdadero, tan concreto, que
nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo. ¡Finalmente, busca el abrazo de tu
Padre del cielo en el rostro amoroso de sus valientes testigos en la tierra!
Cristo te salva
118. La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte.
Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta
el extremo:
«Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).
San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo:
«Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).
119. Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su
entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate
salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza,
del vacío interior, del aislamiento»[65]. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte
con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a
cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga
este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar,
con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría»[66].
120. Nosotros «somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos
hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado.
Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas
nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces.
Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él
quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las
negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a
levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída,
la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar»[67].
121. Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir
con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis. Su entrega
en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que
recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos
imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).
122. Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre
preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes «¡no tienen precio! ¡No son piezas de subasta!
Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las
colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos,
dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no
estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad,
que es la que ofrece Jesús»[68].
123. Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando
te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la
culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás
renacer, una y otra vez.
¡Él vive!
124. Pero hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior: ¡Él vive! Hay que volver
a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen
ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos
serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia,
el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive.
Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía
san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1 Co 15,17).
125. Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de
luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo
prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena
todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino,
sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre
nuevo.
126. Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al
santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. En tu vida el
mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu
salvador vive.
127. Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de
que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para
adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno
viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que
acechan en el camino.
128. Cualquier otra solución será débil y pasajera. Quizás servirá para algo durante un tiempo,
y de nuevo nos encontraremos desprotegidos, abandonados, a la intemperie. Con Él, en cambio, el
corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo. San Pablo dice
que él quiere estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Flp 3,10). Es el
poder que se manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida,
«y vida en abundancia» (Jn 10,10).
129. Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el
Señor; si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con
Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la
experiencia fundamental que sostendrá tu vida cristiana. Esa es también la experiencia que podrás
comunicar a otros jóvenes. Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte
a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[69].
El Espíritu da vida
130. En estas tres verdades –Dios te ama, Cristo es tu salvador,
Él vive– aparece el Padre Dios y aparece Jesús. Donde están el
Padre y Jesucristo, también está el Espíritu Santo. Es Él quien
está detrás, es Él quien prepara y abre los corazones para que
reciban ese anuncio, es Él quien mantiene viva esa experiencia
de salvación, es Él quien te ayudará a crecer en esa alegría si
lo dejas actuar. El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo
resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial.
Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez
más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su
amor, de su luz y de su fuerza.
131. Invoca cada día al Espíritu Santo, para que renueve constantemente
en ti la experiencia del gran anuncio. ¿Por qué no? No te pierdes nada
y Él puede cambiar tu vida, puede iluminarla y darle un rumbo mejor. No
te mutila, no te quita nada, sino que te ayuda a encontrar lo que
necesitas de la mejor manera. ¿Necesitas amor? No lo encontrarás en el
desenfreno, usando a los demás, poseyendo a otros o dominándolos. Lo
hallarás de una manera que verdaderamente te hará feliz ¿Buscas intensidad?
No la vivirás acumulando objetos, gastando dinero, corriendo desesperado
detrás de cosas de este mundo. Llegará de una forma mucho más bella y
satisfactoria si te dejas impulsar por el Espíritu Santo.
132. ¿Buscas pasión? Como dice ese bello poema: ¡Enamórate! (o déjate enamorar),
porque «nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu
imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué
empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera».[70] Este amor a Dios que toma con pasión toda la vida
es posible gracias al Espíritu Santo, porque «el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
133. Él es el manantial de la mejor juventud. Porque el que confía en el Señor «es
como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente.
No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso» (Jr 17,8). Mientras
«los jóvenes se cansan y se fatigan» (Is 40,30), a los que esperan confiados en el
Señor «Él les renovará las fuerzas, subirán con alas de águila, correrán sin
fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31).
Capítulo quinto
Caminos de juventud
134. ¿Cómo se vive la juventud cuando nos dejamos iluminar y transformar por el
gran anuncio del Evangelio? Es importante hacerse esta pregunta, porque la juventud,
más que un orgullo, es un regalo de Dios: «Ser joven es una gracia, una fortuna»[71].
Es un don que podemos malgastar inútilmente, o bien podemos recibirlo agradecidos y
vivirlo con plenitud.
135. Dios es el autor de la juventud y Él obra en cada joven. La juventud es un tiempo
bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo. Es una alegría, un
canto de esperanza y una bienaventuranza. Apreciar la juventud implica ver este tiempo
de la vida como un momento valioso y no como una etapa de paso donde la gente joven se
siente empujada hacia la edad adulta.
Tiempo de sueños y de elecciones
136. En la época de Jesús la salida de la niñez era un paso sumamente esperado en la vida,
que se celebraba y se disfrutaba mucho. De ahí que Jesús, cuando devolvió la vida a una
«niña» (Mc 5,39), le hizo dar un paso más, la promovió y la convirtió en «muchacha»
(Mc 5,41). Al decirle «¡muchacha levántate!» (talitá kum) al mismo tiempo la hizo más
responsable de su vida abriéndole las puertas a la juventud.
137. «La juventud, fase del desarrollo de la personalidad, está marcada por sueños que van
tomando cuerpo, por relaciones que adquieren cada vez más consistencia y equilibrio, por
intentos y experimentaciones, por elecciones que construyen gradualmente un proyecto de vida.
En este período de la vida, los jóvenes están llamados a proyectarse hacia adelante sin cortar
con sus raíces, a construir autonomía, pero no en solitario»[72].
138. El amor de Dios y nuestra relación con Cristo vivo no nos privan de soñar, no nos exigen
que achiquemos nuestros horizontes. Al contrario, ese amor nos promueve, nos estimula, nos
lanza hacia una vida mejor y más bella. La palabra “inquietud” resume muchas de las búsquedas
de los corazones de los jóvenes. Como decía san Pablo VI, «precisamente en las insatisfacciones
que los atormentan […] hay un elemento de luz»[73]. La inquietud insatisfecha, junto con el
asombro por lo nuevo que se presenta en el horizonte, abre paso a la osadía que los mueve a
asumirse a sí mismos, a volverse responsables de una misión. Esta sana inquietud que se despierta
especialmente en la juventud sigue siendo la característica de cualquier corazón que se mantiene
joven, disponible, abierto. La verdadera paz interior convive con esa insatisfacción profunda.
San Agustín decía: «Señor, nos creaste para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse
en ti»[74].
139. Tiempo atrás un amigo me preguntó qué veo yo cuando pienso en un joven. Mi respuesta fue que
«veo un chico o una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma
al mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones.
El joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen
paralelos, pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia adelante.
Hablar de jóvenes significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen
tanta fuerza, son capaces de mirar con tanta esperanza. Un joven es una promesa de vida que lleva
incorporado un cierto grado de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la
suficiente capacidad para poder curarse de la desilusión que pueda derivar de ello»[75].
140. Algunos jóvenes quizás rechazan esta etapa de la vida, porque quisieran seguir siendo niños,
o desean «una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el
miedo a lo definitivo genera así una especie de parálisis en la toma de decisiones. La juventud,
sin embargo, no puede ser un tiempo en suspenso: es la edad de las decisiones y precisamente en
esto consiste su atractivo y su mayor cometido. Los jóvenes toman decisiones en el ámbito profesional,
social, político, y otras más radicales que darán una configuración determinante a su existencia»[76].
También toman decisiones en lo que tiene que ver con el amor, en la elección de la pareja y en la
opción de tener los primeros hijos. Profundizaremos estos temas en los últimos capítulos, referidos
a la vocación de cada uno y a su discernimiento.
141. Pero en contra de los sueños que movilizan decisiones, siempre «existe la amenaza del lamento,
de la resignación. Esto lo dejamos para aquellos que siguen a la “diosa lamentación” […]. Es un engaño:
te hace tomar la senda equivocada. Cuando todo parece paralizado y estancado, cuando los problemas
personales nos inquietan, los malestares sociales no encuentran las debidas respuestas, no es bueno
darse por vencido. El camino es Jesús: hacerle subir a nuestra barca y remar mar adentro con Él. ¡Él es
el Señor! Él cambia la perspectiva de la vida. La fe en Jesús conduce a una esperanza que va más allá,
a una certeza fundada no sólo en nuestras cualidades y habilidades, sino en la Palabra de Dios, en la
invitación que viene de Él. Sin hacer demasiados cálculos humanos ni preocuparse por verificar si la
realidad que los rodea coincide con sus seguridades. Remen mar adentro, salgan de ustedes mismos»[77].
142. Hay que perseverar en el camino de los sueños. Para ello hay que estar atentos a una tentación
que suele jugarnos una mala pasada: la ansiedad. Puede ser una gran enemiga cuando nos lleva a bajar
los brazos porque descubrimos que los resultados no son instantáneos. Los sueños más bellos se
conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas. Al mismo tiempo, no hay que
detenerse por inseguridad, no hay que tener miedo de apostar y de cometer errores. Sí hay que tener
miedo a vivir paralizados, como muertos en vida, convertidos en seres que no viven porque no quieren
arriesgar, porque no perseveran en sus empeños o porque tienen temor a equivocarse. Aún si te equivocas
siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte la esperanza.
143. Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. No confundan
la felicidad con un diván ni vivan toda su vida detrás de una pantalla. Tampoco se conviertan en el
triste espectáculo de un vehículo abandonado. No sean autos estacionados, mejor dejen brotar los sueños
y tomen decisiones. Arriesguen, aunque se equivoquen. No sobrevivan con el alma anestesiada ni miren el
mundo como si fueran turistas. ¡Hagan lío! Echen fuera los miedos que los paralizan, para que no se
conviertan en jóvenes momificados. ¡Vivan! ¡Entréguense a lo mejor de la vida! ¡Abran la puerta de la
jaula y salgan a volar! Por favor, no se jubilen antes de tiempo.
Las ganas de vivir y de experimentar
144. Esta proyección hacia el futuro que se sueña, no significa que los jóvenes estén completamente
lanzados hacia adelante, porque al mismo tiempo hay en ellos un fuerte deseo de vivir el presente,
de aprovechar al máximo las posibilidades que esta vida les regala. ¡Este mundo está repleto de belleza!
¿Cómo despreciar los regalos de Dios?
145. Contrariamente a lo que muchos piensan, el Señor no quiere debilitar estas ganas de vivir. Es sano
recordar lo que enseñaba un sabio del Antiguo Testamento: «Hijo, en la medida de tus posibilidades
trátate bien […]. No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). El verdadero Dios, el que te ama,
te quiere feliz. Por eso en la Biblia encontramos también este consejo dirigido a los jóvenes: «Disfruta,
joven, en tu juventud, pásalo bien en tus años jóvenes […]. Aparta el mal humor de tu pecho” (Qo 11,9-10).
Porque es Dios quien «nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17).
146. ¿Cómo podrá ser agradecido con Dios alguien que no es capaz de disfrutar de sus pequeños regalos de
cada día, alguien que no sabe detenerse ante las cosas simples y agradables que encuentra a cada paso?
Porque «nadie es peor del que se tortura a sí mismo» (Si 14,6). No se trata de ser un insaciable que
siempre está obsesionado por más y más placeres. Al contrario, porque eso te impedirá vivir el presente.
La cuestión es saber abrir los ojos y detenerte para vivir plenamente y con gratitud cada pequeño don de
la vida.
147. Está claro que la Palabra de Dios te invita a vivir el presente, no sólo a preparar el mañana:
«No se preocupen por el mañana; el mañana se preocupará de sí mismo; a cada día le basta con lo suyo»
(Mt 6,34). Pero esto no se refiere a lanzarnos a un desenfreno irresponsable que nos deja vacíos y
siempre insatisfechos, sino a vivir el presente a lo grande, utilizando las energías para cosas buenas,
cultivando la fraternidad, siguiendo a Jesús y valorando cada pequeña alegría de la vida como un regalo
del amor de Dios.
148. En este sentido, quiero recordar que el cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân,
cuando lo encerraron en un campo de concentración, no quiso que sus días consistieran
sólo en esperar y esperar un futuro. Su opción fue «vivir el momento presente colmándolo
de amor»; y el modo como lo practicaba era: «Aprovecho las ocasiones que se presentan
cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria»[78]. Mientras luchas
para dar forma a tus sueños, vive plenamente el hoy, entrégalo todo y llena de amor cada
momento. Porque es verdad que este día de tu juventud puede ser el último, y entonces vale
la pena vivirlo con todas las ganas y con toda la profundidad posible.
149. Esto incluye también los momentos duros, que deben ser vividos a fondo para llegar a
aprender su mensaje. Como enseñan los Obispos suizos: «Él está allí donde nosotros pensábamos
que nos había abandonado y que ya no había salvación alguna. Es una paradoja, pero el sufrimiento,
las tinieblas, se convirtieron, para muchos cristianos [...] en lugares de encuentro con Dios»[79].
Además, el deseo de vivir y de experimentar se refiere en especial a muchos jóvenes en condición de
discapacidad física, mental y sensorial. Incluso si no siempre pueden hacer las mismas experiencias
que sus compañeros, tienen recursos sorprendentes e inimaginables que a veces superan a los comunes.
El Señor Jesús los llena con otros dones, que la comunidad está llamada a valorar, para que puedan
descubrir su plan de amor para cada uno de ellos.
En amistad con Cristo
150. Por más que vivas y experimentes no llegarás al fondo de la juventud, no conocerás la verdadera
plenitud de ser joven, si no encuentras cada día al gran amigo, si no vives en amistad con Jesús.
151. La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos el Señor nos va
puliendo y nos va madurando. Al mismo tiempo, los amigos fieles, que están a nuestro lado en los
momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable.
Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad
y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15).
152. La amistad no es una relación fugaz o pasajera, sino estable, firme, fiel, que madura con el
paso del tiempo. Es una relación de afecto que nos hace sentir unidos, y al mismo tiempo es un amor
generoso, que nos lleva a buscar el bien del amigo. Aunque los amigos pueden ser muy diferentes
entre sí, siempre hay algunas cosas en común que los llevan a sentirse cercanos, y hay una intimidad
que se comparte con sinceridad y confianza.
153. Es tan importante la amistad que Jesús mismo se presenta como amigo: «Ya no los llamo siervos,
los llamo amigos» (Jn 15,15). Por la gracia que Él nos regala, somos elevados de tal manera que somos
realmente amigos suyos. Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor
a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad
fundada por Jesucristo[80]. Y si bien Él ya está plenamente feliz resucitado, es posible ser generosos
con Él, ayudándole a construir su Reino en este mundo, siendo sus instrumentos para llevar su mensaje
y su luz y, sobre todo, su amor a los demás (cf. Jn 15,16). Los discípulos escucharon el llamado de
Jesús a la amistad con Él. Fue una invitación que no los forzó, sino que se propuso delicadamente a su
libertad: «Vengan y vean» les dijo, y «ellos fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día»
(Jn 1,39). Después de ese encuentro, íntimo e inesperado, dejaron todo y se fueron con Él.
154. La amistad con Jesús es inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece que hace silencio.
Cuando lo necesitamos se deja encontrar por nosotros (cf. Jr 29,14) y está a nuestro lado por donde
vayamos (cf. Jos 1,9). Porque Él jamás rompe una alianza. A nosotros nos pide que no lo abandonemos:
«Permanezcan unidos a mí» (Jn 15,4). Pero si nos alejamos, «Él permanece fiel, porque no puede negarse
a sí mismo» (2 Tm 2,13).
155. Con el amigo hablamos, compartimos las cosas más secretas. Con Jesús también conversamos.
La oración es un desafío y una aventura. ¡Y qué aventura! Permite que lo conozcamos cada vez mejor,
entremos en su espesura y crezcamos en una unión siempre más fuerte. La oración nos permite contarle
todo lo que nos pasa y quedarnos confiados en sus brazos, y al mismo tiempo nos regala instantes de
preciosa intimidad y afecto, donde Jesús derrama en nosotros su propia vida. Rezando «le abrimos la
jugada» a Él, le damos lugar «para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer»[81].
156. Así es posible llegar a experimentar una unidad constante con Él,
que supera todo lo que podamos vivir con otras personas: «Ya no vivo yo,
es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). No prives a tu juventud de esta
amistad. Podrás sentirlo a tu lado no sólo cuando ores. Reconocerás que
camina contigo en todo momento. Intenta descubrirlo y vivirás la bella
experiencia de saberte siempre acompañado. Es lo que vivieron los discípulos
de Emaús cuando, mientras caminaban y conversaban desorientados, Jesús se
hizo presente y «caminaba con ellos» (Lc 24,15). Un santo decía que «el
cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que
hay que cumplir, de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo
es una Persona que me amó tanto que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo»[82].
157. Jesús puede unir a todos los jóvenes de la Iglesia en un único sueño,
«un sueño grande y un sueño capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que
Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a
fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en
el corazón de cada uno […]. Lo tatuó a la espera de que encuentre espacio
para crecer y para desarrollarse. Un sueño, un sueño llamado Jesús sembrado
por el Padre, Dios como Él –como el Padre–, enviado por el Padre con la
confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto, que es
una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace
bailar»[83].
El crecimiento y la maduración
158. Muchos jóvenes se preocupan por su cuerpo, procurando el desarrollo
de la fuerza física o de la apariencia. Otros se inquietan por desarrollar
sus capacidades y conocimientos, y así se sienten más seguros. Algunos
apuntan más alto, tratan de comprometerse más y buscan un desarrollo espiritual.
San Juan decía: «Les escribo jóvenes porque son fuertes, porque conservan la
Palabra de Dios» (1 Jn 2,14). Buscar al Señor, guardar su Palabra, tratar de
responderle con la propia vida, crecer en las virtudes, eso hace fuertes los
corazones de los jóvenes. Para eso hay que mantener la conexión con Jesús, estar
en línea con Él, ya que no crecerás en la felicidad y en la santidad sólo con tus
fuerzas y tu mente. Así como te preocupa no perder la conexión a Internet, cuida
que esté activa tu conexión con el Señor, y eso significa no cortar el diálogo,
escucharlo, contarle tus cosas, y cuando no sepas con claridad qué tendrías que
hacer, preguntarle: «Jesús, ¿qué harías tú en mi lugar?»[84].
159. Espero que puedas valorarte tanto a ti mismo, tomarte tan en serio,
que busques tu crecimiento espiritual. Además de los entusiasmos propios
de la juventud, también está la belleza de buscar «la justicia, la fe,
el amor, la paz» (2 Tm 2,22). Esto no significa perder la espontaneidad,
la frescura, el entusiasmo, la ternura. Porque hacerse adulto no implica
abandonar los mejores valores de esta etapa de la vida. De otro modo, el
Señor podrá reprocharte un día: «De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor
de tu noviazgo, cuando tú me seguías por el desierto» (Jr 2,2).
160. Al contrario, incluso un adulto debe madurar sin perder los valores de la
juventud. Porque en realidad cada etapa de la vida es una gracia permanente,
encierra un valor que no debe pasar. Una juventud bien vivida permanece como
experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es profundizada y sigue
dando frutos. Si es propio del joven sentirse atraído por lo infinito que se
abre y que comienza,[85] un riesgo de la vida adulta, con sus seguridades y
comodidades, es acotar cada vez más ese horizonte y perder ese valor propio de
los años jóvenes. Pero debería suceder lo contrario: madurar, crecer y organizar
la propia vida sin perder esa atracción, esa apertura amplia, esa fascinación
por una realidad que siempre es más. En cada momento de la vida podremos renovar
y acrecentar la juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me
amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud. Lo mismo puede ocurrirle
a un matrimonio de muchos años, o a un monje en su monasterio. Hay cosas que
necesitan “asentarse” con los años, pero esa maduración puede convivir con un
fuego que se renueva, con un corazón siempre joven.
161. Crecer es conservar y alimentar las cosas más preciosas que te regala la
juventud, pero al mismo tiempo es estar abierto a purificar lo que no es bueno
y a recibir nuevos dones de Dios que te llama a desarrollar lo que vale. A veces,
los complejos de inferioridad pueden llevarte a no querer ver tus defectos y
debilidades, y de ese modo puedes cerrarte al crecimiento y a la maduración. Mejor
déjate amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también
te ofrece más y más: más de su amistad, más fervor en la oración, más hambre de su
Palabra, más deseos de recibir a Cristo en la Eucaristía, más ganas de vivir su
Evangelio, más fortaleza interior, más paz y alegría espiritual.
162. Pero te recuerdo que no serás santo y pleno copiando a otros. Ni siquiera imitar
a los santos significa copiar su forma de ser y de vivir la santidad: «Hay testimonios
que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos,
porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para
nosotros»[86]. Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser
santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser
más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu
vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este
mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar. En cambio, si copias, privarás a esta
tierra, y también al cielo, de eso que nadie más que tú podrá ofrecer. Recuerdo que san
Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, escribía que cada uno tenía que aprovechar
sus consejos espirituales «según su modo»[87], porque el mismo Dios ha querido manifestar
su gracia «a unos en una manera y a otros en otra»[88].
Sendas de fraternidad
163. Tu desarrollo espiritual se expresa ante todo creciendo en el amor fraterno,
generoso, misericordioso. Lo decía san Pablo: «Que el Señor los haga progresar y
sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12).
Ojalá vivas cada vez más ese “éxtasis” que es salir de ti mismo para buscar el bien
de los demás, hasta dar la vida.
164. Cuando un encuentro con Dios se llama “éxtasis”, es porque nos saca de nosotros
mismos y nos eleva, cautivados por el amor y la belleza de Dios. Pero también podemos
ser sacados de nosotros mismos para reconocer la belleza oculta en cada ser humano,
su dignidad, su grandeza como imagen de Dios e hijo del Padre. El Espíritu Santo
quiere impulsarnos para que salgamos de nosotros mismos, abracemos a los demás con el
amor y busquemos su bien. Por lo tanto, siempre es mejor vivir la fe juntos y expresar
nuestro amor en una vida comunitaria, compartiendo con otros jóvenes nuestro afecto,
nuestro tiempo, nuestra fe y nuestras inquietudes. La Iglesia ofrece muchos espacios
diversos para vivir la fe en comunidad, porque todo es más fácil juntos.
165. Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento,
a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar
el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la
reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la
imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado
y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que
odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces
su debilidad y ves la imagen de Dios en él»[89].
166. A veces toda la energía, los sueños y el entusiasmo de la juventud se debilitan
por la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas, sentimientos
heridos, lamentos y comodidades. No dejes que eso te ocurra, porque te volverás viejo
por dentro, y antes de tiempo. Cada edad tiene su hermosura, y a la juventud no pueden
faltarle la utopía comunitaria, la capacidad de soñar unidos, los grandes horizontes que
miramos juntos.
167. Dios ama la alegría de los jóvenes y los invita especialmente a esa alegría
que se vive en comunión fraterna, a ese gozo superior del que sabe compartir,
porque «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da
con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya
que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alégrense con los que
están alegres» (Rm 12,15). Que la espontaneidad y el impulso de tu juventud se
conviertan cada día más en la espontaneidad del amor fraterno, en la frescura para
reaccionar siempre con perdón, con generosidad, con ganas de construir comunidad.
Un proverbio africano dice: «Si quieres andar rápido, camina solo. Si quieres
llegar lejos, camina con los otros». No nos dejemos robar la fraternidad.
Jóvenes comprometidos
168. Es verdad que a veces, frente a un mundo tan lleno de violencia y egoísmo,
los jóvenes pueden correr el riesgo de encerrarse en pequeños grupos, y así
privarse de los desafíos de la vida en sociedad, de un mundo amplio, desafiante
y necesitado. Sienten que viven el amor fraterno, pero quizás su grupo se
convirtió en una mera prolongación de su yo. Esto se agrava si la vocación del
laico se concibe sólo como un servicio al interno de la Iglesia (lectores,
acólitos, catequistas, etc.), olvidando que la vocación laical es ante todo la
caridad en la familia, la caridad social y la caridad política: es un compromiso
concreto desde la fe para la construcción de una sociedad nueva, es vivir en
medio del mundo y de la sociedad para evangelizar sus diversas instancias, para
hacer crecer la paz, la convivencia, la justicia, los derechos humanos, la
misericordia, y así extender el Reino de Dios en el mundo.
169. Propongo a los jóvenes ir más allá de los grupos de amigos y construir la
«amistad social, buscar el bien común. La enemistad social destruye. Y una
familia se destruye por la enemistad. Un país se destruye por la enemistad. El
mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra. Y
hoy día vemos que el mundo se está destruyendo por la guerra. Porque son
incapaces de sentarse y hablar […]. Sean capaces de crear la amistad social»[90].
No es fácil, siempre hay que renunciar a algo, hay que negociar, pero si lo
hacemos pensando en el bien de todos podremos alcanzar la magnífica experiencia
de dejar de lado las diferencias para luchar juntos por algo común. Si logramos
buscar puntos de coincidencia en medio de muchas disidencias, en ese empeño
artesanal y a veces costoso de tender puentes, de construir una paz que sea buena
para todos, ese es el milagro de la cultura del encuentro que los jóvenes pueden
atreverse a vivir con pasión.
170. El Sínodo reconoció que «aunque de forma diferente respecto a las generaciones
pasadas, el compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado
de algunos indiferentes, hay muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas
de voluntariado, ciudadanía activa y solidaridad social, que hay que acompañar y
alentar para que emerjan los talentos, las competencias y la creatividad de los
jóvenes y para incentivar que asuman responsabilidades. El compromiso social y el
contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir
o profundizar la fe y discernir la propia vocación […]. Se señaló también la
disponibilidad al compromiso en el campo político para la construcción del bien común»[91].
171. Hoy, gracias a Dios, los grupos de jóvenes en parroquias, colegios, movimientos
o grupos universitarios suelen salir a acompañar ancianos y enfermos, o visitan barrios
pobres, o salen juntos a auxiliar a los indigentes en las llamadas “noches de la caridad”.
Con frecuencia ellos reconocen que en estas tareas es más lo que reciben que lo que dan,
porque se aprende y se madura mucho cuando uno se atreve a tomar contacto con el sufrimiento
de los otros. Además, en los pobres hay una sabiduría oculta, y ellos, con palabras simples,
pueden ayudarnos a descubrir valores que no vemos.
172. Otros jóvenes participan en programas sociales orientados a la construcción de casas
para los que no tienen techo, o al saneamiento de lugares contaminados, o a la recolección
de ayudas para los más necesitados. Sería bueno que esa energía comunitaria se aplicara no
sólo a acciones esporádicas sino de una manera estable, con objetivos claros y una buena
organización que ayude a realizar una tarea más continuada y eficiente. Los universitarios
pueden unirse de manera interdisciplinar para aplicar su saber a la resolución de problemas
sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo a codo con jóvenes de otras Iglesias o de
otras religiones.
173. Como en el milagro de Jesús, los panes y los peces de los jóvenes pueden multiplicarse
(cf. Jn 6,4-13). Igual que en la parábola, las pequeñas semillas de los jóvenes se convierten
en árbol y cosecha (cf. Mt 13,23.31-32). Todo ello desde la fuente viva de la Eucaristía, en
la cual nuestro pan y nuestro vino se transfiguran para darnos Vida eterna. Se les pide a los
jóvenes una tarea inmensa y difícil. Con la fe en el Resucitado, podrán enfrentarla con
creatividad y esperanza, y ubicándose siempre en el lugar del servicio, como los sirvientes
de aquella boda, sorprendidos colaboradores del primer signo de Jesús, que sólo siguieron la
consigna de su Madre: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Misericordia, creatividad y
esperanza hacen crecer la vida.
174. Quiero alentarte a este compromiso, porque sé que «tu corazón, corazón joven, quiere
construir un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes, en muchas
partes del mundo, han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más
justa y fraterna. Los jóvenes en la calle. Son jóvenes que quieren ser protagonistas del
cambio. Por favor, no dejen que otros sean los protagonistas del cambio. Ustedes son los
que tienen el futuro. Por ustedes entra el futuro en el mundo. A ustedes les pido que también
sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta
cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del
mundo. Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor.
Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón,
se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús»[92]. Pero sobre todo, de una
manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean
protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del
individualismo consumista y superficial.
Misioneros valientes
175. Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes,
con su propia vida. San Alberto Hurtado decía que «ser apóstoles no significa llevar una insignia en
el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella,
transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la
luz [...]. El Evangelio [...] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente»[93].
176. El valor del testimonio no significa que se deba callar la palabra. ¿Por qué no hablar de Jesús,
por qué no contarles a los demás que Él nos da fuerzas para vivir, que es bueno conversar con Él, que
nos hace bien meditar sus palabras? Jóvenes, no dejen que el mundo los arrastre a compartir sólo las
cosas malas o superficiales. Ustedes sean capaces de ir contracorriente y sepan compartir a Jesús,
comuniquen la fe que Él les regaló. Ojalá puedan sentir en el corazón el mismo impulso irresistible
que movía a san Pablo cuando decía: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).
177. «¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El Evangelio no
es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos,
más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta
las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a
todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor»[94]. Y nos invita a ir
sin miedo con el anuncio misionero, allí donde nos encontremos y con quien estemos, en el barrio,
en el estudio, en el deporte, en las salidas con los amigos, en el voluntariado o en el trabajo,
siempre es bueno y oportuno compartir la alegría del Evangelio. Así es como el Señor se va acercando
a todos. Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza,
porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo.
178. No cabe esperar que la misión sea fácil y cómoda. Algunos jóvenes dieron su vida con tal de no
frenar su impulso misionero. Los Obispos de Corea expresaron: «Esperamos que podamos ser granos de
trigo e instrumentos para la salvación de la humanidad, siguiendo el ejemplo de los mártires. Aunque
nuestra fe es tan pequeña como una semilla de mostaza, Dios le dará crecimiento y la utilizará como
un instrumento para su obra de salvación»[95]. Amigos, no esperen a mañana para colaborar en la
transformación del mundo con su energía, su audacia y su creatividad. La vida de ustedes no es un
“mientras tanto”. Ustedes son el ahora de Dios, que los quiere fecundos[96]. Porque «es dando como
se recibe»[97], y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega
y generosidad.
Capítulo sexto
Jóvenes con raíces
179. A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más,
y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin vida.
Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así
sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los
jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque «es imposible que
alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. Es
fácil “volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse»[98].
Que no te arranquen de la tierra
180. Esta no es una cuestión secundaria, y me parece bueno dedicarle un breve capítulo.
Comprender esto permite distinguir la alegría de la juventud de un falso culto a la
juventud que algunos utilizan para seducir a los jóvenes y utilizarlos para sus fines.
181. Piensen esto: si una persona les hace una propuesta y les dice que ignoren la historia,
que no recojan la experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que sólo miren
el futuro que él les ofrece, ¿no es una forma fácil de atraparlos con su propuesta para que
solamente hagan lo que él les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados,
desconfiados de todo, para que sólo confíen en sus promesas y se sometan a sus planes. Así
funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen (o de-construyen) todo lo que
sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Para esto necesitan jóvenes que
desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo
a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido.
182. Al mismo tiempo, los manipuladores utilizan otro recurso: una adoración de la juventud,
como si todo lo que no sea joven se convirtiera en detestable y caduco. El cuerpo joven se
vuelve el símbolo de este nuevo culto, y entonces todo lo que tenga que ver con ese cuerpo
se idolatra y se desea sin límites, y lo que no sea joven se mira con desprecio. Pero es un
arma que en primer lugar termina degradando a los jóvenes, los vacía de valores reales, los
utiliza para obtener beneficios personales, económicos o políticos.
183. Queridos jóvenes, no acepten que usen su juventud para fomentar una vida superficial,
que confunde la belleza con la apariencia. Mejor sepan descubrir que hay hermosura en el
trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado
el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a
la mesa y en el pan compartido con generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura
en la esposa despeinada y casi anciana, que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá
de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo, hay
hermosura en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, en esos viejitos
que caminan de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en
cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio
desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la
familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social.
Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner
los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro.
184. Junto con las estrategias del falso culto a la juventud y a la apariencia,
hoy se promueve una espiritualidad sin Dios, una afectividad sin comunidad y
sin compromiso con los que sufren, un miedo a los pobres vistos como seres peligrosos,
y una serie de ofertas que pretenden hacerles creer en un futuro paradisíaco que
siempre se postergará para más adelante. No quiero proponerles eso, y con todo mi
afecto quiero advertirles que no se dejen dominar por esta ideología que no los
volverá más jóvenes, sino que los convertirá en esclavos. Les propongo otro camino,
hecho de libertad, de entusiasmo, de creatividad, de horizontes nuevos, pero cultivando
al mismo tiempo esas raíces que alimentan y sostienen.
185. En esta línea, quiero destacar que «numerosos Padres sinodales provenientes
de contextos no occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva
auténticas formas de colonización cultural, que desarraigan a los jóvenes de la
pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las que provienen. Es
necesario un compromiso de la Iglesia para acompañarlos en este paso sin que
pierdan los rasgos más valiosos de su identidad»[99].
186. Hoy vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las
diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables
hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como
la desaparición de las especies animales y vegetales[100]. Por eso, en un mensaje
a jóvenes indígenas, reunidos en Panamá, los exhorté a «hacerse cargo de las raíces,
porque de las raíces viene la fuerza que los va a hacer crecer, florecer y fructificar»[101].
Tu relación con los ancianos
187. En el Sínodo se expresó que «los jóvenes están proyectados hacia el futuro
y afrontan la vida con energía y dinamismo. Sin embargo […] a veces suelen prestar
poca atención a la memoria del pasado del que provienen, en particular a los numerosos
dones que les han transmitido sus padres y abuelos, al bagaje cultural de la sociedad
en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, haciendo
memoria y sirviéndose de este para las propias decisiones y posibilidades, es un
verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que
deberán tomar»[102].
188. La Palabra de Dios recomienda no perder el contacto con los ancianos, para poder
recoger su experiencia: «Acude a la reunión de los ancianos, y si encuentras a un sabio
júntate a él […]. Si ves a un hombre prudente, madruga para buscarlo, que tus pies
desgasten el umbral de su puerta» (Si 6,34.36). En todo caso, los largos años que ellos
vivieron y todo lo que han pasado en la vida, deben llevarnos a mirarlos con respeto:
«Ponte de pie ante el hombre de canas» (Lv 19,32). Porque «la fuerza es el adorno de los
jóvenes, las canas son el honor de los ancianos» (Pr 20,29).
189. La Biblia nos pide: «Escucha a tu padre que te dio la vida, y no desprecies a tu
madre cuando sea anciana» (Pr 23,22). El mandato de honrar al padre y a la madre «es el
primer mandamiento que va acompañado de una promesa» (Ef 6,2; cf. Ex 20,12; Dt 5,16;
Lv 19,3), y la promesa es: «serás feliz y se prolongará tu vida sobre la tierra» (Ef 6,3).
190. Esto no significa que tengas que estar de acuerdo con todo lo que ellos dicen,
ni que debas aprobar todas sus acciones. Un joven siempre debería tener un espíritu crítico.
San Basilio Magno, refiriéndose a los antiguos autores griegos, recomendaba a los jóvenes
que los estimasen, pero que acogieran sólo lo bueno que pudieran enseñarles.[103] Se trata
simplemente de estar abiertos para recoger una sabiduría que se comunica de generación en
generación, que puede convivir con algunas miserias humanas, y que no tiene por qué
desaparecer ante las novedades del consumo y del mercado.
191. Al mundo nunca le sirvió ni le servirá la ruptura entre generaciones. Son los cantos
de sirena de un futuro sin raíces, sin arraigo. Es la mentira que te hace creer que sólo
lo nuevo es bueno y bello. La existencia de las relaciones intergeneracionales implica que
en las comunidades se posea una memoria colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas
de sus antecesores, dejando así un legado a sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia
para cimentar sólidamente una sociedad nueva. Como dice el refrán: “Si el joven supiese y el
viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese”.
Sueños y visiones
192. En la profecía de Joel encontramos un anuncio que nos permite entender esto de una manera
muy bella. Dice así: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y sus hijos y sus hijas profetizarán,
y sus jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños» (Jl 3,1; cf. Hch 2,17). Si los jóvenes
y los viejos se abren al Espíritu Santo, ambos producen una combinación maravillosa. Los ancianos
sueñan y los jóvenes ven visiones. ¿Cómo se complementan ambas cosas?
193. Los ancianos tienen sueños construidos con recuerdos, con imágenes de tantas cosas vividas,
con la marca de la experiencia y de los años. Si los jóvenes se arraigan en esos sueños de los
ancianos logran ver el futuro, pueden tener visiones que les abren el horizonte y les muestran
nuevos caminos. Pero si los ancianos no sueñan, los jóvenes ya no pueden mirar claramente el horizonte.
194. Es lindo encontrar entre lo que nuestros padres conservaron,
algún recuerdo que nos permite imaginar lo que soñaron para nosotros
nuestros abuelos y nuestras abuelas. Todo ser humano, aun antes de nacer,
ha recibido de parte de sus abuelos como regalo, la bendición de un sueño
lleno de amor y de esperanza: el de una vida mejor para él. Y si no lo
tuvo de ninguno de sus abuelos, seguramente algún bisabuelo sí lo soñó y
se alegró por él, contemplando en la cuna a sus hijos y luego a sus nietos.
El sueño primero, el sueño creador de nuestro Padre Dios, precede y acompaña
la vida de todos sus hijos. Hacer memoria de esta bendición, que se extiende
de generación en generación, es una herencia preciosa que hay que saber
conservar viva para poder transmitirla también nosotros.
195. Por eso es bueno dejar que los ancianos hagan largas narraciones,
que a veces parecen mitológicas, fantasiosas –son sueños de viejos–,
pero muchas veces están llenas de rica experiencia, de símbolos elocuentes,
de mensajes ocultos. Esas narraciones requieren tiempo, que nos dispongamos
gratuitamente a escuchar y a interpretar con paciencia, porque no entran en
un mensaje de las redes sociales. Tenemos que aceptar que toda la sabiduría
que necesitamos para la vida no puede encerrarse en los límites que imponen
los actuales recursos de comunicación.
196. En el libro La sabiduría de los años[104], expresé algunos deseos en
forma de pedidos. «¿Qué pido a los ancianos, entre los cuales me cuento yo
mismo? Nos pido que seamos guardianes de la memoria. Los abuelos y las abuelas
necesitamos formar un coro. Me imagino a los ancianos como el coro permanente
de un importante santuario espiritual, en el que las oraciones de súplica y los
cantos de alabanza sostienen a la comunidad entera que trabaja y lucha en el
terreno de la vida»[105]. Es hermoso que «los jóvenes y las muchachas también,
los viejos junto con los niños, alaben el nombre del Señor» (Sal 148,12-13).
197. ¿Qué podemos darles los ancianos? «A los jóvenes de hoy día que viven su
propia mezcla de ambiciones heroicas y de inseguridades, podemos recordarles
que una vida sin amor es una vida infecunda»[106]. ¿Qué podemos decirles? «A
los jóvenes temerosos podemos decirles que la ansiedad frente al futuro puede
ser vencida»[107]. ¿Qué podemos enseñarles? «A los jóvenes excesivamente
preocupados de sí mismos podemos enseñarles que se experimenta mayor alegría
en dar que en recibir, y que el amor no se demuestra sólo con palabras, sino
también con obras»[108].
Arriesgar juntos
198. El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa,
el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar
de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde
recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que
no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea
historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y
fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del
tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos
de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando
tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica,
y ese es el lado que ve Dios»[109]. Cuando las personas mayores miran atentamente
la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados
y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores.
199. Si caminamos juntos, jóvenes y ancianos, podremos estar bien arraigados
en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el
pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos
condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar
sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos,
podremos aprender unos de otros, calentar los corazones, inspirar nuestras
mentes con la luz del Evangelio y dar nueva fuerza a nuestras manos.
200. Las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas y nos impiden
encarnarnos en el mundo actual para hacer nacer algo nuevo. Son, por el
contrario, un punto de arraigo que nos permite desarrollarnos y responder
a los nuevos desafíos. Entonces tampoco sirve «que nos sentemos a añorar
tiempos pasados; hemos de asumir con realismo y amor nuestra cultura y
llenarla de Evangelio. Somos enviados hoy para anunciar la Buena Noticia
de Jesús a los tiempos nuevos. Hemos de amar nuestra hora con sus
posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y
sus límites, con sus aciertos y sus errores»[110].
201. En el Sínodo, uno de los jóvenes auditores proveniente de las islas
Samoa, dijo que la Iglesia es una canoa, en la cual los viejos ayudan a
mantener la dirección interpretando la posición de las estrellas, y los
jóvenes reman con fuerza imaginando lo que les espera más allá. No nos
dejemos llevar ni por los jóvenes que piensan que los adultos son un
pasado que ya no cuenta, que ya caducó, ni por los adultos que creen
saber siempre cómo deben comportarse los jóvenes. Mejor subámonos todos a
la misma canoa y entre todos busquemos un mundo mejor, bajo el impulso
siempre nuevo del Espíritu Santo.
Capítulo séptimo
La pastoral de los jóvenes
202. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a llevarla adelante,
ha sufrido el embate de los cambios sociales y culturales. Los jóvenes, en las
estructuras habituales, muchas veces no encuentran respuestas a sus inquietudes,
necesidades, problemáticas y heridas. La proliferación y crecimiento de
asociaciones y movimientos con características predominantemente juveniles
pueden ser interpretados como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos.
Se hace necesario, sin embargo, ahondar en la participación de estos en la
pastoral de conjunto de la Iglesia, así como en una mayor comunión entre ellos
en una mejor coordinación de la acción. Si bien no siempre es fácil abordar a
los jóvenes, se está creciendo en dos aspectos: la conciencia de que es toda la
comunidad la que los evangeliza y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo
mayor en las propuestas pastorales.
Una pastoral sinodal
203. Quiero destacar que los mismos jóvenes son agentes de la pastoral juvenil,
acompañados y guiados, pero libres para encontrar caminos siempre nuevos con
creatividad y audacia. Por consiguiente, estaría de más que me detuviera aquí a
proponer alguna especie de manual de pastoral juvenil o una guía de pastoral
práctica. Se trata más bien de poner en juego la astucia, el ingenio y el
conocimiento que tienen los mismos jóvenes de la sensibilidad, el lenguaje y las
problemáticas de los demás jóvenes.
204. Ellos nos hacen ver la necesidad de asumir nuevos estilos y nuevas estrategias.
Por ejemplo, mientras los adultos suelen preocuparse por tener todo planificado, con
reuniones periódicas y horarios fijos, hoy la mayoría de los jóvenes difícilmente se
siente atraída por esos esquemas pastorales. La pastoral juvenil necesita adquirir
otra flexibilidad, y convocar a los jóvenes a eventos, a acontecimientos que cada
tanto les ofrezcan un lugar donde no sólo reciban una formación, sino que también
les permitan compartir la vida, celebrar, cantar, escuchar testimonios reales y
experimentar el encuentro comunitario con el Dios vivo.
205. Por otra parte, sería muy deseable recoger todavía más las buenas prácticas:
aquellas metodologías, aquellos lenguajes, aquellas motivaciones que han sido
realmente atractivas para acercar a los jóvenes a Cristo y a la Iglesia. No importa
de qué color sean, si son “conservadoras o progresistas”, si son “de derecha o de
izquierda”. Lo importante es que recojamos todo lo que haya dado buenos resultados y
sea eficaz para comunicar la alegría del Evangelio.
206. La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, conformando un “caminar
juntos” que implica una «valorización de los carismas que el Espíritu concede según
la vocación y el rol de cada uno de los miembros [de la Iglesia], mediante un
dinamismo de corresponsabilidad […]. Animados por este espíritu, podremos
encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de valorizar la
riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud el aporte de los fieles
laicos, incluyendo a jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina
y femenina, la de los grupos, asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie,
ni dejar que nadie se autoexcluya»[111].
207. De este modo, aprendiendo unos de otros, podremos reflejar mejor ese poliedro
maravilloso que debe ser la Iglesia de Jesucristo. Ella puede atraer a los jóvenes
precisamente porque no es una unidad monolítica, sino un entramado de dones variados
que el Espíritu derrama incesantemente en ella, haciéndola siempre nueva a pesar de
sus miserias.
208. En el Sínodo aparecieron muchas propuestas concretas orientadas a renovar la
pastoral juvenil y a liberarla de esquemas que ya no son eficaces porque no entran
en diálogo con la cultura actual de los jóvenes. Se comprende que no podría aquí
recogerlas a todas, y algunas de ellas pueden encontrarse en el Documento final del
Sínodo.
Grandes líneas de acción
209. Sólo quisiera destacar brevemente que la pastoral juvenil implica dos grandes
líneas de acción. Una es la búsqueda, la convocatoria, el llamado que atraiga a nuevos
jóvenes a la experiencia del Señor. La otra es el crecimiento, el desarrollo de un
camino de maduración de los que ya han hecho esa experiencia.
210. Con respecto a lo primero, la búsqueda, confío en la capacidad de los mismos jóvenes,
que saben encontrar los caminos atractivos para convocar. Saben organizar festivales,
competencias deportivas, e incluso saben evangelizar en las redes sociales con mensajes,
canciones, videos y otras intervenciones. Sólo hay que estimular a los jóvenes y darles
libertad para que ellos se entusiasmen misionando en los ámbitos juveniles. El primer
anuncio puede despertar una honda experiencia de fe en medio de un “retiro de impacto”,
en una conversación en un bar, en un recreo de la facultad, o por cualquiera de los
insondables caminos de Dios. Pero lo más importante es que cada joven se atreva a sembrar
el primer anuncio en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven.
211. En esta búsqueda se debe privilegiar el idioma de la proximidad, el lenguaje del amor
desinteresado, relacional y existencial que toca el corazón, llega a la vida, despierta
esperanza y deseos. Es necesario acercarse a los jóvenes con la gramática del amor, no con
el proselitismo. El lenguaje que la gente joven entiende es el de aquellos que dan la vida,
el de quien está allí por ellos y para ellos, y el de quienes, a pesar de sus límites y
debilidades, tratan de vivir su fe con coherencia. Al mismo tiempo, todavía tenemos que
buscar con mayor sensibilidad cómo encarnar el kerygma en el lenguaje que hablan los jóvenes
de hoy.
212. Con respecto al crecimiento, quiero hacer una importante advertencia.
En algunos lugares ocurre que, después de haber provocado en los jóvenes
una intensa experiencia de Dios, un encuentro con Jesús que tocó sus corazones,
luego solamente les ofrecen encuentros de “formación” donde sólo se abordan
cuestiones doctrinales y morales: sobre los males del mundo actual, sobre la
Iglesia, sobre la Doctrina Social, sobre la castidad, sobre el matrimonio,
sobre el control de la natalidad y sobre otros temas. El resultado es que
muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la
alegría de seguirlo, muchos abandonan el camino y otros se vuelven tristes y
negativos. Calmemos la obsesión por transmitir un cúmulo de contenidos
doctrinales, y ante todo tratemos de suscitar y arraigar las grandes
experiencias que sostienen la vida cristiana. Como decía Romano Guardini:
«en la experiencia de un gran amor [...] todo cuanto acontece se convierte
en un episodio dentro de su ámbito»[112].
213. Cualquier proyecto formativo, cualquier camino de crecimiento para los jóvenes,
debe incluir ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igualmente importante
que esté centrado en dos grandes ejes: uno es la profundización del kerygma, la
experiencia fundante del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado.
El otro es el crecimiento en el amor fraterno, en la vida comunitaria, en el servicio.
214. Insistí mucho sobre esto en Evangelii gaudium y creo que es oportuno recordarlo.
Por una parte, sería un grave error pensar que en la pastoral juvenil «el kerygma es
abandonado en pos de una formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más sólido,
más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación
cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada
vez más y mejor»[113]. Por consiguiente, la pastoral juvenil siempre debe incluir
momentos que ayuden a renovar y profundizar la experiencia personal del amor de Dios
y de Jesucristo vivo. Lo hará con diversos recursos: testimonios, canciones, momentos
de adoración, espacios de reflexión espiritual con la Sagrada Escritura, e incluso
con diversos estímulos a través de las redes sociales. Pero jamás debe sustituirse
esta experiencia gozosa de encuentro con el Señor por una suerte de “adoctrinamiento”.
215. Por otra parte, cualquier plan de pastoral juvenil debe incorporar claramente
medios y recursos variados para ayudar a los jóvenes a crecer en la fraternidad, a
vivir como hermanos, a ayudarse mutuamente, a crear comunidad, a servir a los demás,
a estar cerca de los pobres. Si el amor fraterno es el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34),
si es «la plenitud de la Ley» (Rm 13,10), si es lo que mejor manifiesta nuestro amor a
Dios, entonces debe ocupar un lugar relevante en todo plan de formación y crecimiento
de los jóvenes.
Ambientes adecuados
216. En todas nuestras instituciones necesitamos desarrollar y potenciar mucho más
nuestra capacidad de acogida cordial, porque muchos de los jóvenes que llegan lo
hacen en una profunda situación de orfandad. Y no me refiero a determinados conflictos
familiares, sino a una experiencia que atañe por igual a niños, jóvenes y adultos,
madres, padres e hijos. Para tantos huérfanos y huérfanas, nuestros contemporáneos,
¿nosotros mismos quizás?, las comunidades como la parroquia y la escuela deberían
ofrecer caminos de amor gratuito y promoción, de afirmación y crecimiento. Muchos
jóvenes se sienten hoy hijos del fracaso, porque los sueños de sus padres y abuelos
se quemaron en la hoguera de la injusticia, de la violencia social, del sálvese quien
pueda. ¡Cuánto desarraigo! Si los jóvenes crecieron en un mundo de cenizas no es fácil
que puedan sostener el fuego de grandes ilusiones y proyectos. Si crecieron en un
desierto vacío de sentido, ¿cómo podrán tener ganas de sacrificarse para sembrar? La
experiencia de discontinuidad, de desarraigo y la caída de las certezas básicas,
fomentada en la cultura mediática actual, provocan esa sensación de profunda orfandad
a la cual debemos responder creando espacios fraternos y atractivos donde se viva con
un sentido.
217. Crear “hogar” en definitiva «es crear familia; es aprender a sentirse unidos a
los otros más allá de vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que
sintamos la vida un poco más humana. Crear hogares, “casas de comunión”, es permitir
que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días menos inhóspitos, menos
indiferentes y anónimos. Es tejer lazos que se construyen con gestos sencillos,
cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo sabemos todos muy bien,
necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que
cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que
nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse;
aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a
empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias. Crear lazos fuertes
exige de la confianza que se alimenta todos los días de la paciencia y el perdón.
Y así se produce el milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos
nacemos de nuevo porque sentimos actuante la caricia de Dios que nos posibilita soñar
el mundo más humano y, por tanto, más divino»[114].
218. En este marco, en nuestras instituciones necesitamos ofrecerles a los jóvenes
lugares propios que ellos puedan acondicionar a su gusto, y donde puedan entrar y
salir con libertad, lugares que los acojan y donde puedan acercarse espontáneamente
y con confianza al encuentro de otros jóvenes tanto en los momentos de sufrimiento
o de aburrimiento, como cuando deseen celebrar sus alegrías. Algo de esto han logrado
algunos Oratorios y otros centros juveniles, que en muchos casos son el ambiente de
amistades y de noviazgo, de reencuentros, donde pueden compartir la música, la
recreación, el deporte, y también la reflexión y la oración con pequeños subsidios y
diversas propuestas. De este modo se abre paso ese indispensable anuncio persona a
persona que no puede ser reemplazado por ningún recurso ni estrategia pastoral.
219. «La amistad y las relaciones, a menudo también en grupos más o menos estructurados,
ofrecen la oportunidad de reforzar competencias sociales y relacionales en un contexto
en el que no se evalúa ni se juzga a la persona. La experiencia de grupo constituye a su
vez un recurso para compartir la fe y para ayudarse mutuamente en el testimonio. Los
jóvenes son capaces de guiar a otros jóvenes y de vivir un verdadero apostolado entre
sus amigos»[115].
220. Esto no significa que se aíslen y pierdan todo contacto con las comunidades de
parroquias, movimientos y otras instituciones eclesiales. Pero ellos se integrarán
mejor a comunidades abiertas, vivas en la fe, deseosas de irradiar a Jesucristo, alegres,
libres, fraternas y comprometidas. Estas comunidades pueden ser los cauces donde ellos
sientan que es posible cultivar preciosas relaciones.
La pastoral de las instituciones educativas
221. La escuela es sin duda una plataforma para acercarse a los niños y a los jóvenes.
Es un lugar privilegiado para la promoción de la persona, y por esto la comunidad cristiana
le ha dedicado gran atención, ya sea formando docentes y dirigentes, como también instituyendo
escuelas propias, de todo tipo y grado. En este campo el Espíritu ha suscitado innumerables
carismas y testimonios de santidad. Sin embargo, la escuela necesita una urgente autocrítica
si vemos los resultados que deja la pastoral de muchas de ellas, una pastoral concentrada en
la instrucción religiosa que a menudo es incapaz de provocar experiencias de fe perdurables.
Además, hay algunos colegios católicos que parecen estar organizados sólo para la preservación.
La fobia al cambio hace que no puedan tolerar la incertidumbre y se replieguen ante los peligros,
reales o imaginarios, que todo cambio trae consigo. La escuela convertida en un “búnker” que
protege de los errores “de afuera”, es la expresión caricaturizada de esta tendencia. Esa imagen
refleja de un modo estremecedor lo que experimentan muchísimos jóvenes al egresar de algunos
establecimientos educativos: una insalvable inadecuación entre lo que les enseñaron y el mundo en
el cual les toca vivir. Aun las propuestas religiosas y morales que recibieron no los han preparado
para confrontarlas con un mundo que las ridiculiza, y no han aprendido formas de orar y de vivir la
fe que puedan ser fácilmente sostenidas en medio del ritmo de esta sociedad. En realidad, una de las
alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante constituirse a sí
mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar.
222. La escuela católica sigue siendo esencial como espacio de evangelización de los jóvenes.
Es importante tener en cuenta algunos criterios inspiradores señalados en Veritatis gaudium
en vista a una renovación y relanzamiento de las escuelas y universidades “en salida” misionera,
tales como: la experiencia del kerygma, el diálogo a todos los niveles, la interdisciplinariedad
y la transdisciplinariedad, el fomento de la cultura del encuentro, la urgente necesidad de
“crear redes” y la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha[116].
También la capacidad de integrar los saberes de la cabeza, el corazón y las manos.
223. Por otra parte, no podemos separar la formación espiritual de la formación cultural.
La Iglesia siempre quiso desarrollar para los jóvenes espacios para la mejor cultura.
No debe renunciar a hacerlo porque los jóvenes tienen derecho a ella. Y «hoy en día, sobre todo,
el derecho a la cultura significa proteger la sabiduría, es decir, un saber humano y que humaniza.
Con demasiada frecuencia estamos condicionados por modelos de vida triviales y efímeros que empujan
a perseguir el éxito a bajo costo, desacreditando el sacrificio, inculcando la idea de que el estudio
no es necesario si no da inmediatamente algo concreto. No, el estudio sirve para hacerse preguntas,
para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido en la vida. Se debe reclamar el derecho
a que no prevalezcan las muchas sirenas que hoy distraen de esta búsqueda. Ulises, para no rendirse al
canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató
al árbol de la nave y tapó las orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el
canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas. Esta
es su gran tarea: responder a los estribillos paralizantes del consumismo cultural con opciones
dinámicas y fuertes, con la investigación, el conocimiento y el compartir»[117].
Distintos ámbitos para desarrollos pastorales
224. Muchos jóvenes son capaces de aprender a gustar del silencio y de la intimidad con Dios.
También han crecido los grupos que se reúnen a adorar al Santísimo o a orar con la Palabra de Dios.
No hay que menospreciar a los jóvenes como si fueran incapaces de abrirse a propuestas contemplativas.
Sólo hace falta encontrar los estilos y las modalidades adecuadas para ayudarlos a iniciarse en esta
experiencia de tan alto valor. Con respecto a los ámbitos de culto y oración, «en diversos contextos
los jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida
cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre»[118]. Es importante aprovechar los momentos más
fuertes del año litúrgico, particularmente la Semana Santa, Pentecostés y Navidad. Ellos también
disfrutan de otros encuentros festivos, que cortan la rutina y que ayudan a experimentar la alegría de
la fe.
225. Una oportunidad única para el crecimiento y también de apertura al don divino de la fe y la caridad
es el servicio: muchos jóvenes se sienten atraídos por la posibilidad de ayudar a otros, especialmente a
niños y pobres. A menudo este servicio es el primer paso para descubrir o redescubrir la vida cristiana
y eclesial. Muchos jóvenes se cansan de nuestros itinerarios de formación doctrinal, e incluso espiritual,
y a veces reclaman la posibilidad de ser más protagonistas en actividades que hagan algo por la gente.
226. No podemos olvidar las expresiones artísticas, como el teatro, la pintura, etc. «Del todo peculiar es
la importancia de la música, que representa un verdadero ambiente en el que los jóvenes están constantemente
inmersos, así como una cultura y un lenguaje capaces de suscitar emociones y de plasmar la identidad. El
lenguaje musical representa también un recurso pastoral, que interpela en particular la liturgia y su
renovación»[119]. El canto puede ser un gran estímulo para el caminar de los jóvenes. Decía san Agustín:
«Canta, pero camina; alivia con el canto tu trabajo, no ames la pereza: canta y camina […]. Tú, si avanzas,
caminas; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras: canta y camina»[120].
227. «Es igualmente significativa la relevancia que tiene entre los jóvenes la práctica deportiva, cuyas
potencialidades en clave educativa y formativa la Iglesia no debe subestimar, sino mantener una sólida
presencia en este campo. El mundo del deporte necesita ser ayudado a superar las ambigüedades que lo
golpean, como la mitificación de los campeones, el sometimiento a lógicas comerciales y la ideología del
éxito a toda costa»[121]. En la base de la experiencia deportiva está «la alegría: la alegría de moverse,
la alegría de estar juntos, la alegría por la vida y los dones que el Creador nos hace cada día»[122].
Por otra parte, algunos Padres de la Iglesia han tomado el ejemplo de las prácticas deportivas para
invitar a los jóvenes a crecer en la fortaleza y dominar la modorra o la comodidad. San Basilio Magno,
dirigiéndose a los jóvenes, tomaba el ejemplo del esfuerzo que requiere el deporte y así les inculcaba la
capacidad de sacrificarse para crecer en las virtudes: «Tras miles y miles de sufrimientos y haber
incrementado su fortaleza por muchos métodos, tras haber sudado mucho en fatigosos ejercicios gimnásticos
[…] y llevar en lo demás, para no alargarme en mis palabras, una existencia tal que su vida antes de la
competición no es sino una preparación para esta, […] arrostran todo tipo de fatigas y peligros para ganar
la corona […]. ¿Y nosotros, que tenemos delante unos premios de la vida tan maravillosos en número y
grandeza como para que sean imposibles de definir con palabras, durmiendo a pierna suelta y viviendo en
total ausencia de peligros, vendremos a tomarlos con una mano?»[123].
228. En muchos adolescentes y jóvenes despierta especial atracción el contacto con la creación, y son
sensibles hacia el cuidado del ambiente, como ocurre con los Scouts y con otros grupos que organizan
jornadas de contacto con la naturaleza, campamentos, caminatas, expediciones y campañas ambientales.
En el espíritu de san Francisco de Asís, son experiencias que pueden significar un camino para iniciarse
en la escuela de la fraternidad universal y en la oración contemplativa.
229. Estas y otras diversas posibilidades que se abren a la evangelización de los jóvenes, no deberían
hacernos olvidar que, más allá de los cambios de la historia y de la sensibilidad de los jóvenes, hay
regalos de Dios que son siempre actuales, que contienen una fuerza que trasciende todas las épocas y
todas las circunstancias: la Palabra del Señor siempre viva y eficaz, la presencia de Cristo en la
Eucaristía que nos alimenta, y el Sacramento del perdón que nos libera y fortalece. También podemos
mencionar la inagotable riqueza espiritual que conserva la Iglesia en el testimonio de sus santos y en
la enseñanza de los grandes maestros espirituales. Aunque tengamos que respetar diversas etapas, y a
veces necesitemos esperar con paciencia el momento justo, no podremos dejar de invitar a los jóvenes a
estos manantiales de vida nueva, no tenemos derecho a privarlos de tanto bien.
Una pastoral popular juvenil
230. Además de la pastoral habitual que realizan las parroquias y los movimientos, según determinados
esquemas, es muy importante dar lugar a una “pastoral popular juvenil”, que tiene otro estilo, otros
tiempos, otro ritmo, otra metodología. Consiste en una pastoral más amplia y flexible que estimule, en
los distintos lugares donde se mueven los jóvenes reales, esos liderazgos naturales y esos carismas que
el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos. Se trata ante todo de no ponerles tantos obstáculos, normas,
controles y marcos obligatorios a esos jóvenes creyentes que son líderes naturales en los barrios y en
diversos ambientes. Sólo hay que acompañarlos y estimularlos, confiando un poco más en la genialidad del
Espíritu Santo que actúa como quiere.
231. Hablamos de líderes realmente “populares”, no elitistas o clausurados en pequeños grupos de selectos.
Para que sean capaces de generar una pastoral popular en el mundo de los jóvenes hace falta que «aprendan
a auscultar el sentir del pueblo, a constituirse en sus voceros y a trabajar por su promoción»[124]. Cuando
hablamos de “pueblo” no debe entenderse las estructuras de la sociedad o de la Iglesia, sino el conjunto de
personas que no caminan como individuos sino como el entramado de una comunidad de todos y para todos, que
no puede dejar que los más pobres y débiles se queden atrás: «El pueblo desea que todos participen de los
bienes comunes y por eso acepta adaptarse al paso de los últimos para llegar todos juntos»[125]. Los líderes
populares, entonces, son aquellos que tienen la capacidad de incorporar a todos, incluyendo en la marcha
juvenil a los más pobres, débiles, limitados y heridos. No les tienen asco ni miedo a los jóvenes lastimados
y crucificados.
232. En esta misma línea, especialmente con los jóvenes que no crecieron en familias o instituciones cristianas,
y están en un camino de lenta maduración, tenemos que estimular el “bien posible”[126]. Cristo nos advirtió que
no pretendamos que todo sea sólo trigo (cf. Mt 13,24-30). A veces, por pretender una pastoral juvenil aséptica,
pura, marcada por ideas abstractas, alejada del mundo y preservada de toda mancha, convertimos el Evangelio en
una oferta desabrida, incomprensible, lejana, separada de las culturas juveniles y apta solamente para una élite
juvenil cristiana que se siente diferente, pero que en realidad flota en un aislamiento sin vida ni fecundidad.
Así, con la cizaña que rechazamos, arrancamos o sofocamos miles de brotes que intentan crecer en medio de los límites.
233. En lugar de «sofocarlos con un conjunto de reglas que dan una imagen estrecha y moralista del cristianismo,
estamos llamados a invertir en su audacia y a educarlos para que asuman sus responsabilidades, seguros de que
incluso el error, el fracaso y las crisis son experiencias que pueden fortalecer su humanidad»[127].
234. En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos,
donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia
de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas
de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una
actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la
verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en
la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos
y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas y su búsqueda de identidad, sus errores,
su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades.
235. Debe haber lugar también para «todos aquellos que tienen otras visiones de la vida,
profesan otros credos o se declaran ajenos al horizonte religioso. Todos los jóvenes,
sin exclusión, están en el corazón de Dios y, por lo tanto, en el corazón de la Iglesia.
Reconocemos con franqueza que no siempre esta afirmación que resuena en nuestros labios
encuentra una expresión real en nuestra acción pastoral: con frecuencia nos quedamos
encerrados en nuestros ambientes, donde su voz no llega, o nos dedicamos a actividades
menos exigentes y más gratificantes, sofocando esa sana inquietud pastoral que nos hace
salir de nuestras supuestas seguridades. Y eso que el Evangelio nos pide ser audaces y
queremos serlo, sin presunción y sin hacer proselitismo, dando testimonio del amor del
Señor y tendiendo la mano a todos los jóvenes del mundo»[128].
236. La pastoral juvenil, cuando deja de ser elitista y acepta ser “popular”, es un
proceso lento, respetuoso, paciente, esperanzado, incansable, compasivo. En el Sínodo
se propuso el ejemplo de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), que también puede
ser un modelo de lo que ocurre en la pastoral juvenil:
237. «Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido
y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el
camino con ellos. Los interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los
hechos para ayudarles a reconocer lo que están viviendo. Después, con afecto y energía,
les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretar a la luz de las Escrituras los
acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al atardecer:
entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir
el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligen emprender sin demora el camino en dirección
opuesta, para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús
resucitado»[129].
238. Las diversas manifestaciones de piedad popular, especialmente las peregrinaciones,
atraen a gente joven que no suele insertarse fácilmente en las estructuras eclesiales,
y son una expresión concreta de la confianza en Dios. Estas formas de búsqueda de Dios,
presentes particularmente en los jóvenes más pobres, pero también en los demás sectores
de la sociedad, no deben ser despreciadas sino alentadas y estimuladas. Porque la piedad
popular «es una manera legítima de vivir la fe»[130] y es «expresión de la acción misionera
espontánea del Pueblo de Dios»[131].
Siempre misioneros
239. Quiero recordar que no hace falta recorrer un largo camino para que los jóvenes sean misioneros.
Aun los más débiles, limitados y heridos pueden serlo a su manera, porque siempre hay que permitir
que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades. Un joven que va a una peregrinación
a pedirle ayuda a la Virgen, e invita a un amigo o compañero para que lo acompañe, con ese simple
gesto está realizando una valiosa acción misionera. Junto con la pastoral popular juvenil hay,
inseparablemente, una misión popular, incontrolable, que rompe todos los esquemas eclesiásticos.
Acompañémosla, alentémosla, pero no pretendamos regularla demasiado.
240. Si sabemos escuchar lo que nos está diciendo el Espíritu, no podemos ignorar que la pastoral
juvenil debe ser siempre una pastoral misionera. Los jóvenes se enriquecen mucho cuando vencen la
timidez y se atreven a visitar hogares, y de ese modo toman contacto con la vida de la gente,
aprenden a mirar más allá de su familia y de su grupo, comienzan a entender la vida de una manera
más amplia. Al mismo tiempo, su fe y su sentido de pertenencia a la Iglesia se fortalecen. Las
misiones juveniles, que suelen organizarse en las vacaciones luego de un período de preparación,
pueden provocar una renovación de la experiencia de fe e incluso serios planteos vocacionales.
241. Pero los jóvenes son capaces de crear nuevas formas de misión, en los ámbitos más diversos.
Por ejemplo, ya que se mueven tan bien en las redes sociales, hay que convocarlos para que las
llenen de Dios, de fraternidad, de compromiso.
El acompañamiento de los adultos
242. Los jóvenes necesitan ser respetados en su libertad, pero también necesitan ser acompañados.
La familia debería ser el primer espacio de acompañamiento. La pastoral juvenil propone un proyecto
de vida desde Cristo: la construcción de una casa, de un hogar edificado sobre roca (cf. Mt 7,24-25).
Ese hogar, ese proyecto, para la mayoría de ellos se concretará en el matrimonio y en la caridad conyugal.
Por ello es necesario que la pastoral juvenil y la pastoral familiar tengan una continuidad natural,
trabajando de manera coordinada e integrada para poder acompañar adecuadamente el proceso vocacional.
243. La comunidad tiene un rol muy importante en el acompañamiento de los jóvenes,
y es la comunidad entera la que debe sentirse responsable de acogerlos, motivarlos,
alentarlos y estimularlos. Esto implica que se mire a los jóvenes con comprensión,
valoración y afecto, y no que se los juzgue permanentemente o se les exija una
perfección que no responde a su edad.
244. En el Sínodo «muchos han hecho notar la carencia de personas expertas y dedicadas al acompañamiento.
Creer en el valor teológico y pastoral de la escucha implica una reflexión para renovar las formas con
las que se ejerce habitualmente el ministerio presbiteral y revisar sus prioridades. Además, el Sínodo
reconoce la necesidad de preparar consagrados y laicos, hombres y mujeres, que estén cualificados para el
acompañamiento de los jóvenes. El carisma de la escucha que el Espíritu Santo suscita en las comunidades
también podría recibir una forma de reconocimiento institucional para el servicio eclesial»[132].
245. Además hay que acompañar especialmente a los jóvenes que se perfilan como líderes, para que puedan
formarse y capacitarse. Los jóvenes que se reunieron antes del Sínodo pidieron que se desarrollen
«programas de liderazgo juvenil para la formación y continuo desarrollo de jóvenes líderes. Algunas
mujeres jóvenes sienten que hacen falta mayores ejemplos de liderazgo femenino dentro de la Iglesia y
desean contribuir con sus dones intelectuales y profesionales a la Iglesia. También creemos que los
seminaristas, los religiosos y las religiosas deberían tener una mayor capacidad para acompañar a los
jóvenes líderes»[133].
246. Los mismos jóvenes nos describieron cuáles son las características que ellos esperan encontrar
en un acompañante, y lo expresaron con mucha claridad: «Las cualidades de dicho mentor incluyen: que
sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo; que busque constantemente la
santidad; que comprenda sin juzgar; que sepa escuchar activamente las necesidades de los jóvenes y
pueda responderles con gentileza; que sea muy bondadoso, y consciente de sí mismo; que reconozca sus
límites y que conozca la alegría y el sufrimiento que todo camino espiritual conlleva. Una característica
especialmente importante en un mentor, es el reconocimiento de su propia humanidad. Que son seres humanos
que cometen errores: personas imperfectas, que se reconocen pecadores perdonados. Algunas veces, los
mentores son puestos sobre un pedestal, y por ello cuando caen provocan un impacto devastador en la
capacidad de los jóvenes para involucrarse en la Iglesia. Los mentores no deberían llevar a los jóvenes a
ser seguidores pasivos, sino más bien a caminar a su lado, dejándoles ser los protagonistas de su propio
camino. Deben respetar la libertad que el joven tiene en su proceso de discernimiento y ofrecerles
herramientas para que lo hagan bien. Un mentor debe confiar sinceramente en la capacidad que tiene cada
joven de poder participar en la vida de la Iglesia. Por ello, un mentor debe simplemente plantar la
semilla de la fe en los jóvenes, sin querer ver inmediatamente los frutos del trabajo del Espíritu Santo.
Este papel no debería ser exclusivo de los sacerdotes y de la vida consagrada, sino que los laicos deberían
poder igualmente ejercerlo. Por último, todos estos mentores deberían beneficiarse de una buena formación
permanente»[134].
247. Sin duda las instituciones educativas de la Iglesia son un ámbito comunitario de acompañamiento que
permite orientar a muchos jóvenes, sobre todo cuando «tratan de acoger a todos los jóvenes,
independientemente de sus opciones religiosas, proveniencia cultural y situación personal, familiar o
social. De este modo la Iglesia da una aportación fundamental a la educación integral de los jóvenes en
las partes más diversas del mundo»[135]. Reducirían indebidamente su función si establecieran criterios
rígidos para el ingreso de estudiantes o para su permanencia en ellas, porque privarían a muchos jóvenes
de un acompañamiento que les ayudaría a enriquecer su vida.
Capítulo octavo
La vocación
248. Es verdad que la palabra “vocación” puede entenderse en un sentido amplio, como llamado de Dios.
Incluye el llamado a la vida, el llamado a la amistad con Él, el llamado a la santidad, etc. Esto es
valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada
es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor,
que tiene un precioso plan para nosotros.
249. En la Exhortación Gaudete et exsultate quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la
gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo
en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades»[136]. El Concilio Vaticano II nos ayudó
a renovar la consciencia de este llamado dirigido a cada uno: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier
condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor,
cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre»[137].
Su llamado a la amistad con Él
250. Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven es ante todo su amistad.
Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran
pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que
recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este
amor de amistad.
251. Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven
rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor (cf. Mc 10,21).
Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas
cosas que poseía (cf. Mt 19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran
amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho
para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano.
252. Porque «la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse
con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube”
esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de
autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad.
La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje
con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como
estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse»[138].
Tu ser para los demás
253. Quisiera detenerme ahora en la vocación entendida en el sentido preciso del llamado al servicio misionero
de los demás. Somos llamados por el Señor a participar en su obra creadora, prestando nuestro aporte al bien
común a partir de las capacidades que recibimos.
254. Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra
alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del pueblo no es una
parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo
que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy
en este mundo»[139]. Por consiguiente, hay que pensar que: toda pastoral es vocacional, toda formación es
vocacional y toda espiritualidad es vocacional.
255. Tu vocación no consiste sólo en los trabajos que tengas que hacer, aunque se expresa en ellos.
Es algo más, es un camino que orientará muchos esfuerzos y muchas acciones en una dirección de servicio.
Por eso, en el discernimiento de una vocación es importante ver si uno reconoce en sí mismo las capacidades
necesarias para ese servicio específico a la sociedad.
256. Esto da un valor muy grande a esas tareas, ya que dejan de ser una suma de acciones
que uno realiza para ganar dinero, para estar ocupado o para complacer a otros. Todo eso
constituye una vocación porque somos llamados, hay algo más que una mera elección
pragmática nuestra. Es en definitiva reconocer para qué estoy hecho, para qué paso por
esta tierra, cuál es el proyecto del Señor para mi vida. Él no me indicará todos los lugares,
los tiempos y los detalles, que yo elegiré prudentemente, pero sí hay una orientación de mi
vida que Él debe indicarme porque es mi Creador, mi alfarero, y necesito escuchar su voz para
dejarme moldear y llevar por Él. Entonces sí seré lo que debo ser, y seré también fiel a mi
propia realidad.
257. Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es.
No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de
Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su
propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación»[140]. Tu vocación te orienta a sacar
afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás. El asunto no es sólo hacer cosas,
sino hacerlas con un sentido, con una orientación. Al respecto, san Alberto Hurtado decía a los jóvenes que
hay que tomarse muy en serio el rumbo: «En un barco al piloto que se descuida se le despide sin remisión,
porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida ¿cuidamos de nuestro rumbo? ¿Cuál es tu rumbo? Si
fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia,
porque acertar en esto es sencillamente acertar; fallar en esto es simplemente fallar»[141].
258. Este “ser para los demás” en la vida de cada joven, normalmente está relacionado con dos cuestiones básicas:
la formación de una nueva familia y el trabajo. Las diversas encuestas que se han hecho a los jóvenes confirman
una y otra vez que estos son los dos grandes temas que los preocupan e ilusionan. Ambos deben ser objeto de un
especial discernimiento. Detengámonos brevemente en ellos.
El amor y la familia
259. Los jóvenes sienten con fuerza el llamado al amor, y sueñan encontrar la persona adecuada con quien formar
una familia y construir una vida juntos. Sin duda es una vocación que Dios mismo propone a través de los sentimientos,
los deseos, los sueños. Sobre este tema me detuve ampliamente en la Exhortación Amoris laetitia e invito a todos los
jóvenes a leer especialmente los capítulos 4 y 5.
260. Me gusta pensar que «dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor,
la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el Sacramento del matrimonio envuelve
este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con este don, con la certeza de esta llamada, se puede
partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede afrontar todo, ¡juntos!»[142].
261. En este contexto, recuerdo que Dios nos creó sexuados. Él mismo «creó la sexualidad,
que es un regalo maravilloso para sus creaturas»[143]. Dentro de la vocación al matrimonio
hay que reconocer y agradecer que «la sexualidad, el sexo, son un don de Dios. Nada de tabúes.
Son un don de Dios, un don que el Señor nos da. Tienen dos propósitos: amarse y generar vida.
Es una pasión, es el amor apasionado. El verdadero amor es apasionado. El amor entre un hombre
y una mujer, cuando es apasionado, te lleva a dar la vida para siempre. Siempre. Y a darla con
cuerpo y alma»[144].
262. El Sínodo resaltó que «la familia sigue siendo el principal punto de referencia para los jóvenes.
Los hijos aprecian el amor y el cuidado de los padres, dan importancia a los vínculos familiares y
esperan lograr a su vez formar una familia. Sin duda el aumento de separaciones, divorcios, segundas
uniones y familias monoparentales puede causar en los jóvenes grandes sufrimientos y crisis de identidad.
A veces deben hacerse cargo de responsabilidades desproporcionadas para su edad, que les obligan a ser
adultos antes de tiempo. Los abuelos con frecuencia son una ayuda decisiva en el afecto y la educación
religiosa: con su sabiduría son un eslabón decisivo en la relación entre generaciones»[145].
263. Es verdad que estas dificultades que sufren en su familia de origen llevan a muchos jóvenes a
preguntarse si vale la pena formar una nueva familia, ser fieles, ser generosos. Quiero decirles que sí,
que vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores estímulos para madurar y
las más bellas alegrías para compartir. No dejen que les roben el amor en serio. No dejen que los engañen
esos que les proponen una vida de desenfreno individualista que finalmente lleva al aislamiento y a la
peor soledad.
264. Hoy reina una cultura de lo provisorio que es una ilusión. Creer que nada puede ser definitivo es un
engaño y una mentira. Muchas veces «hay quien dice que hoy el matrimonio está “pasado de moda” [...]. En
la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es “disfrutar” el momento,
que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas […]. Yo, en cambio, les
pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente; sí, en esto les pido que se rebelen
contra esta cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir
responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente»[146]. Yo sí tengo confianza en
ustedes, y por eso los aliento a optar por el matrimonio.
265. Es necesario prepararse para el matrimonio, y esto requiere educarse a sí mismo, desarrollar las
mejores virtudes, sobre todo el amor, la paciencia, la capacidad de diálogo y de servicio. También implica
educar la propia sexualidad, para que sea cada vez menos un instrumento para usar a los demás y cada vez
más una capacidad de entregarse plenamente a una persona, de manera exclusiva y generosa.
266. Los Obispos de Colombia nos enseñaron que «Cristo sabe que los esposos no son perfectos
y que necesitan superar su debilidad e inconstancia para que su amor pueda crecer y durar.
Por eso, concede a los cónyuges su gracia que es, a la vez, luz y fuerza que les permite ir
realizando su proyecto de vida matrimonial de acuerdo con el plan de Dios»[147].
267. Para aquellos que no son llamados al matrimonio o a la vida consagrada, hay que recordar
siempre que la primera vocación y la más importante es la vocación bautismal. Los solteros,
incluso si no son intencionales, pueden convertirse en testimonio particular de dicha vocación
en su propio camino de crecimiento personal.
El trabajo
268. Los Obispos de Estados Unidos han señalado con claridad que la juventud, llegada la mayoría de edad,
«a menudo marca la entrada de una persona en el mundo del trabajo. “¿Qué haces para vivir?” es un tema
constante de conversación, porque el trabajo es una parte muy importante de sus vidas. Para los jóvenes
adultos, esta experiencia es muy fluida porque se mueven de un trabajo a otro e incluso pasan de carrera
a carrera. El trabajo puede definir el uso del tiempo y puede determinar lo que pueden hacer o comprar.
También puede determinar la calidad y la cantidad del tiempo libre. El trabajo define e influye en la
identidad y el autoconcepto de un adulto joven y es un lugar fundamental donde se desarrollan amistades
y otras relaciones porque generalmente no se trabaja solo. Hombres y mujeres jóvenes hablan del trabajo
como cumplimiento de una función y como algo que proporciona un sentido. Permite a los adultos jóvenes
satisfacer sus necesidades prácticas, pero aún más importante buscar el significado y el cumplimiento de
sus sueños y visiones. Aunque el trabajo puede no ayudar a alcanzar sus sueños, es importante para los
adultos jóvenes cultivar una visión, aprender a trabajar de una manera realmente personal y satisfactoria
para su vida, y seguir discerniendo el llamado de Dios»[148].
269. Ruego a los jóvenes que no esperen vivir sin trabajar, dependiendo de la ayuda de otros. Eso no hace
bien, porque «el trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración,
de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser
siempre una solución provisoria para resolver urgencias»[149]. De ahí que «la espiritualidad cristiana, junto
con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san Francisco de Asís, ha desarrollado
también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del
beato Carlos de Foucauld y sus discípulos»[150].
270. El Sínodo remarcó que el mundo del trabajo es un ámbito donde los jóvenes «experimentan formas de
exclusión y marginación. La primera y la más grave es el desempleo juvenil, que en algunos países alcanza
niveles exorbitados. Además de empobrecerlos, la falta de trabajo cercena en los jóvenes la capacidad de
soñar y de esperar, y los priva de la posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad. En muchos
países esta situación se debe a que algunas franjas de población juvenil se encuentran desprovistas de las
capacidades profesionales adecuadas, también debido a las deficiencias del sistema educativo y formativo.
Con frecuencia la precariedad ocupacional que aflige a los jóvenes responde a la explotación laboral por
intereses económicos»[151].
271. Es una cuestión muy delicada que la política debe considerar como un tema de primer orden,
particularmente hoy que la velocidad de los desarrollos tecnológicos, junto con la obsesión por
reducir los costos laborales, puede llevar rápidamente a reemplazar innumerables puestos de trabajo
por máquinas. Y se trata de un asunto fundamental de la sociedad porque el trabajo para un joven no
es sencillamente una tarea orientada a conseguir ingresos. Es expresión de la dignidad humana, es
camino de maduración y de inserción social, es un estímulo constante para crecer en responsabilidad
y en creatividad, es una protección frente a la tendencia al individualismo y a la comodidad, y es
también dar gloria a Dios con el desarrollo de las propias capacidades.
272. No siempre un joven tiene la posibilidad de decidir a qué va a dedicar sus esfuerzos,
en qué tareas va a desplegar sus energías y su capacidad de innovar. Porque además de los
propios deseos, y aún más allá de las propias capacidades y del discernimiento que uno realice,
están los duros límites de la realidad. Es verdad que no puedes vivir sin trabajar y que a
veces tienes que aceptar lo que encuentres, pero nunca renuncies a tus sueños, nunca entierres
definitivamente una vocación, nunca te des por vencido. Siempre sigue buscando, al menos, modos
parciales o imperfectos de vivir lo que en tu discernimiento reconoces como una verdadera vocación.
273. Cuando uno descubre que Dios lo llama a algo, que está hecho para eso –sea la enfermería,
la carpintería, la comunicación, la ingeniería, la docencia, el arte o cualquier otro trabajo–
entonces será capaz de hacer brotar sus mejores capacidades de sacrificio, de generosidad y de
entrega. Saber que uno no hace las cosas porque sí, sino con un significado, como respuesta a
un llamado que resuena en lo más hondo de su ser para aportar algo a los demás, hace que esas
tareas le den al propio corazón una experiencia especial de plenitud. Así lo decía el antiguo
libro bíblico del Eclesiastés: «He visto que no hay nada mejor para el ser humano que gozarse
en su trabajo» (Qo 3,22).
Vocaciones a una consagración especial
274. Si partimos de la convicción de que el Espíritu sigue suscitando vocaciones al sacerdocio
y a la vida religiosa, podemos “volver a echar las redes” en nombre del Señor, con toda confianza.
Podemos atrevernos, y debemos hacerlo, a decirle a cada joven que se pregunte por la posibilidad
de seguir este camino.
275. Algunas veces hice esta propuesta a jóvenes que me respondieron casi con burla diciendo:
“No, la verdad es que yo no voy para ese lado”. Sin embargo, años después algunos de ellos
estaban en el Seminario. El Señor no puede faltar a su promesa de no dejar a la Iglesia privada
de los pastores sin los cuales no podría vivir ni realizar su misión. Y si algunos sacerdotes no
dan un buen testimonio, no por eso el Señor dejará de llamar. Al contrario, Él redobla la apuesta
porque no deja de cuidar a su Iglesia amada.
276. En el discernimiento de una vocación no hay que descartar la posibilidad de consagrarse a Dios
en el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de consagración. ¿Por qué excluirlo? Ten
la certeza de que, si reconoces un llamado de Dios y lo sigues, eso será lo que te hará pleno.
277. Jesús camina entre nosotros como lo hacía en Galilea. Él pasa por nuestras calles, se detiene
y nos mira a los ojos, sin prisa. Su llamado es atractivo, es fascinante. Pero hoy la ansiedad y la
velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior
donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas
propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío,
cansado y solo. No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera
sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más
bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo
que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra.
Capítulo noveno
El discernimiento
278. Sobre el discernimiento en general ya me detuve en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate.
Permítanme retomar algunas de esas reflexiones aplicándolas al discernimiento de la propia vocación en
el mundo.
279. Recuerdo que todos, pero «especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante.
Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en diferentes
escenarios virtuales. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas
a merced de las tendencias del momento»[152]. Y «esto resulta especialmente importante cuando aparece una
novedad en la propia vida, y entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una
novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo»[153].
280. Este discernimiento, «aunque incluya la razón y la prudencia, las supera, porque se trata de entrever
el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno […]. Está en juego el sentido de
mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce mejor
que Él»[154].
281. En este marco se sitúa la formación de la conciencia, que permite que el discernimiento crezca
en hondura y en fidelidad a Dios: «Formar la conciencia es camino de toda una vida, en el que se
aprende a nutrir los sentimientos propios de Jesucristo, asumiendo los criterios de sus decisiones
y las intenciones de su manera de obrar (cf. Flp 2,5)»[155].
282. Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual
del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar
los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los
acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos
hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer
en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas,
con la conciencia serena de los propios dones y límites»[156].
Cómo discernir tu vocación
283. Una expresión del discernimiento es el empeño por reconocer la propia vocación.
Es una tarea que requiere espacios de soledad y silencio, porque se trata de una decisión muy personal
que otros no pueden tomar por uno: «Si bien el Señor nos habla de modos muy variados en medio de nuestro
trabajo, a través de los demás, y en todo momento, no es posible prescindir del silencio de la oración
detenida para percibir mejor ese lenguaje, para interpretar el significado real de las inspiraciones que
creímos recibir, para calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de la propia existencia a la luz de
Dios»[157].
284. Este silencio no es una forma de aislamiento, porque «hay que recordar que el discernimiento orante
requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos
desafía de maneras nuevas. Sólo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su
propio punto de vista parcial o insuficiente […]. Así está realmente disponible para acoger un llamado
que rompe sus seguridades pero que lo lleva a una vida mejor, porque no basta que todo vaya bien, que
todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo
reconocemos»[158].
285. Cuando se trata de discernir la propia vocación, es necesario hacerse varias preguntas.
No hay que empezar preguntándose dónde se podría ganar más dinero, o dónde se podría obtener
más fama y prestigio social, pero tampoco conviene comenzar preguntándose qué tareas le darían
más placer a uno. Para no equivocarse hay que empezar desde otro lugar, y preguntarse: ¿me conozco
a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece
mi corazón?, ¿cuáles son mis fortalezas y mis debilidades? Inmediatamente siguen otras preguntas:
¿cómo puedo servir mejor y ser más útil al mundo y a la Iglesia?, ¿cuál es mi lugar en esta tierra?,
¿qué podría ofrecer yo a la sociedad? Luego siguen otras muy realistas: ¿tengo las capacidades
necesarias para prestar ese servicio?, o ¿podría adquirirlas y desarrollarlas?
286. Estas preguntas tienen que situarse no tanto en relación con uno mismo y sus inclinaciones,
sino con los otros, frente a ellos, de manera que el discernimiento plantee la propia vida en
referencia a los demás. Por eso quiero recordar cuál es la gran pregunta: «Muchas veces, en la
vida, perdemos tiempo preguntándonos: “Pero, ¿quién soy yo?”. Y tú puedes preguntarte quién eres
y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: “¿Para quién soy yo?”»[159]. Eres para
Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades,
inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros.
El llamado del Amigo
287. Para discernir la propia vocación, hay que reconocer que esa vocación es el llamado de un amigo:
Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Y eso mejor no necesariamente es
lo más caro o difícil de conseguir, sino lo que uno sabe que al otro lo alegrará. Un amigo percibe
esto con tanta claridad que puede visualizar en su imaginación la sonrisa de su amigo cuando abra su
regalo. Este discernimiento de amistad es el que propongo a los jóvenes como modelo si buscan encontrar
cuál es la voluntad de Dios para sus vidas.
288. Quiero que sepan que cuando el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle,
piensa en él como su amigo personal. Y si tiene planeado regalarte una gracia, un carisma
que te hará vivir tu vida a pleno y transformarte en una persona útil para los demás, en
alguien que deje una huella en la historia, será seguramente algo que te alegrará en lo más
íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo. No porque lo que te vaya
a dar sea un carisma extraordinario o raro, sino porque será justo a tu medida, a la medida
de tu vida entera.
289. El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente. Los regalos de Dios son
interactivos y para gozarlos hay que poner mucho en juego, hay que arriesgar. Pero no será
la exigencia de un deber impuesto por otro desde afuera, sino algo que te estimulará a crecer
y a optar para que ese regalo madure y se convierta en don para los demás. Cuando el Señor
suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres sino en todo lo que junto a Él y a los
demás podrás llegar a ser.
290. La potencia de la vida y la fuerza de la propia personalidad se alimentan mutuamente en el
interior de cada joven y lo impulsan a ir más allá de todo límite. La inexperiencia permite que
esto fluya, aunque bien pronto se transforma en experiencia, muchas veces dolorosa. Es importante
poner en contacto este deseo de «lo infinito del comienzo todavía no puesto a prueba»[160] con la
amistad incondicional que nos ofrece Jesús. Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos
propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se
encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán
ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.
Escucha y acompañamiento
291. Hay sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, profesionales, e incluso jóvenes capacitados,
que pueden acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional. Cuando nos toca ayudar a otro
a discernir el camino de su vida, lo primero es escuchar. Y esta escucha supone tres sensibilidades
o atenciones distintas y complementarias:
292. La primera sensibilidad o atención es a la persona. Se trata de escuchar al otro que se nos
está dando él mismo en sus palabras. El signo de esta escucha es el tiempo que le dedico al otro.
No es cuestión de cantidad sino de que el otro sienta que mi tiempo es suyo: el que él necesita
para expresarme lo que quiera. Él debe sentir que lo escucho incondicionalmente, sin ofenderme,
sin escandalizarme, sin molestarme, sin cansarme. Esta escucha es la que el Señor ejercita cuando
se pone a caminar al lado de los discípulos de Emaús y los acompaña largo rato por un camino que
iba en dirección opuesta a la dirección correcta (cf. Lc 24,13-35). Cuando Jesús hace ademán de
seguir adelante porque ellos han llegado a su casa, ahí comprenden que les había regalado su tiempo,
y entonces le regalan el suyo, brindándole hospedaje. Esta escucha atenta y desinteresada indica el
valor que tiene la otra persona para nosotros, más allá de sus ideas y de sus elecciones de vida.
293. La segunda sensibilidad o atención es discernidora. Se trata de pescar el punto justo en el
que se discierne la gracia o la tentación. Porque a veces las cosas que se nos cruzan por la
imaginación son sólo tentaciones que nos apartan de nuestro verdadero camino. Aquí necesito
preguntarme qué me está diciendo exactamente esa persona, qué me quiere decir, qué desea que
comprenda de lo que le pasa. Son preguntas que ayudan a entender dónde se encadenan los argumentos
que mueven al otro y a sentir el peso y el ritmo de sus afectos influenciados por esta lógica. Esta
escucha se orienta a discernir las palabras salvadoras del buen Espíritu, que nos propone la verdad
del Señor, pero también las trampas del mal espíritu –sus falacias y sus seducciones–. Hay que tener
la valentía, el cariño y la delicadeza necesarios para ayudar al otro a reconocer la verdad y los
engaños o excusas.
294. La tercera sensibilidad o atención se inclina a escuchar los impulsos que el otro experimenta
“hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro”. Más allá
de lo que siente y piensa en el presente y de lo que ha hecho en el pasado, la atención se orienta
hacia lo que quisiera ser. A veces esto implica que la persona no mire tanto lo que le gusta, sus
deseos superficiales, sino lo que más agrada al Señor, su proyecto para la propia vida que se expresa
en una inclinación del corazón, más allá de la cáscara de los gustos y sentimientos. Esta escucha es
atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como
Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar
a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten
misericordia de mí!”.
295. Entonces sí el discernimiento se convierte en un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor[161].
De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente
y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen
discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan
personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo
se desarrollará.
296. Por lo tanto, cuando uno escucha a otro de esta manera, en algún momento tiene que desaparecer
para dejar que él siga ese camino que ha descubierto. Es desaparecer como desaparece el Señor de la
vista de sus discípulos y los deja solos con el ardor del corazón que se convierte en impulso
irresistible de ponerse en camino (cf. Lc 24,31-33). De regreso a la comunidad, los discípulos de
Emaús recibirán la confirmación de que verdaderamente ha resucitado el Señor (cf. Lc 24,34).
297. Ya que «el tiempo es superior al espacio»[162], hay que suscitar y acompañar procesos, no imponer
trayectos. Y son procesos de personas que siempre son únicas y libres. Por eso es difícil armar recetarios,
aun cuando todos los signos sean positivos, ya que «se trata de someter los mismos factores positivos a un
cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí,
absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que
rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera
ser descubierto y reconducido a su plena verdad»[163].
298. Pero para acompañar a otros en este camino, primero necesitas tener el hábito de recorrerlo tú mismo.
María lo hizo, afrontando sus preguntas y sus propias dificultades cuando era muy joven. Que ella renueve
tu juventud con la fuerza de su plegaria y te acompañe siempre con su presencia de Madre.
* * *
Y al final... un deseo299. Queridos jóvenes, seré feliz viéndolos correr más rápido que los lentos y temerosos. Corran «atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano sufriente. El Espíritu Santo los empuje en esta carrera hacia adelante. La Iglesia necesita su entusiasmo, sus intuiciones, su fe. ¡Nos hacen falta! Y cuando lleguen donde nosotros todavía no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos»[164].
Loreto, junto al Santuario de la Santa Casa, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor,
del año 2019, séptimo de pontificado.
Francisco